El cambio geopolítico en el Sahel: el fortalecimiento sino-ruso vs el declive franco-estadounidense

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La zona Sahelo-sahariana se ha convertido en el epicentro africano de las modificacio­nes del orden geopolítico internacional, con la pérdida de la hegemonía euro-estadou­nidense. Fuente: Revista de Estudos Africanos


Los cambios políticos producidos en el Sahel en los últimos cinco años han sido resultado del sostenido contexto de inseguridad que experi­menta la región y también una expresión de la transformación de las diná­micas en el escenario geopolítico internacional. El agotamiento del modelo de cooperación euro-estadounidense en materia de seguridad y su fracaso en la contención del terrorismo provocaron una oleada de golpes de Estado contestatarios a la presencia militar francesa en Mali, Níger y Burkina Faso. Los gobiernos “golpistas” asumieron una narrativa antifrancesa que ha tenido incluso repercusiones sobre los otrora países vitrina de Occidente, como Sene­gal, Chad y Costa de Marfil, los cuales han solicitado la retirada de las tropas francesas. La crisis política afectó la estructura de la CEDEAO, cuando los países del Sahel decidieron retirarse y crear la Alianza de Estados del Sahel. En esta región del Sur Global se ha erosionado la tradicional hegemonía franco-estadounidense.

Por otro lado, estas modificaciones han permitido, en primer lugar, la consolidación de las posiciones chinas, no solo en el Sahel, sino en toda la región subsahariana. China ha logrado desplazar por completo a actores tra­dicionales — Francia, Estados Unidos y la Unión Europea (UE) — del control económico, en términos de volumen de comercio e inversiones extranjeras directas, y se ha consolidado como el principal socio estratégico de África e impulsa su propia agenda de seguridad. En segundo lugar, estos cambios políticos han permitido una mayor confluencia rusa en los temas de segu­ridad para el enfrentamiento al terrorismo. Rusia ha incrementado su rol a nivel internacional no solo por su actuación en Siria y Ucrania, sino también en el Sahel, una zona donde la tradicional influencia euro-estadounidense está en declive. El escenario a mediano plazo se presenta como el fortalecimiento del eje chino-ruso en detrimento del “bloque” Francia-EE.UU en África Sub­sahariana.

El terrorismo se ha convertido en uno de los problemas de seguridad más serios en el continente africano debido a la forma en la que se interco­necta con otras actividades ilícitas como el narcotráfico, el tráfico de armas y personas, así como con las dinámicas interétnicas e intercomunitarias. Al realizar una valoración general sobre el mismo en el Sahel habría que comenzar diciendo que esta región posee atributos geográficos particulares: la extensión de sus amplias zonas desérticas y semidesérticas, su baja densidad demográfica, una gran heterogeneidad cultural y lingüística expresada en la diversidad de sus grupos étnicos, además de una situación socioeconómica muy deteriorada. Todos estos factores han hecho del área, un bastión para el surgimiento y expansión de grupos armados de diferentes tendencias, entre ellos, los terroristas. Por ende, se trata de un fenómeno intersectorial que dificulta su definitiva erradicación, debido a que actúan en las mismas zonas donde existen otros grupos armados y que suelen confundirse con los vinculados a las redes internacionales del terrorismo de Al Qaeda.

Deterioro de la seguridad en el Sahel: presencia militar euro-estadounidense (2012-2022)

En el contexto global de la lucha contra el terrorismo, Estados Unidos había incorporado a la región del Sahel dentro de sus programas militares. La administración de George W. Bush fue la encargada de inaugurar dos iniciativas para “combatir” a Al Qaeda. En 2003 se estableció la Iniciativa Pan Sahel (Pan Sahel Initiative, PSI), que perseguía garantizar las fronteras, combatir el terrorismo y fomentar la cooperación de los países de la zona para lograr una mayor estabilidad política. Luego, este programa se amplió con la Iniciativa Transahariana de Lucha contra el Terrorismo (TSCTI), creada en 2005, la cual extendió el área de operaciones hacia Argelia, Marruecos, Túnez, Senegal, Ghana, Nigeria, Sudán y Sudán del Sur. En líneas generales, la TSCTI se mantiene hasta la actualidad, ahora bajo la dirección del AFRI­COM, el Comando estadounidense para África, surgido en 2007 (Sánchez y Pujol 2005).

El 2007 también estaría marcado por la creación del grupo Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), comenzando el fortalecimiento del activismo terrorista a nivel regional. Fue a partir de 2012, cuando el terrorismo se diversificaría con el surgimiento de otros grupos como Ansar el Dine, el Movimiento para la Unicidad de la Yihad en el África Occidental (MUYAO) y varias células que se crearían en torno a líderes específicos como Mokthar Belmokhtar. Sería a partir de la guerra en el norte de Mali que se produce su primera gran dispersión por el Sahel.

A pesar de los programas existentes de Estados Unidos, la presencia militar extranjera multinacional en el Sahel estaría encabezada por Francia, a partir de 2012. La crisis en el Sahel fue también el pretexto para que la Unión Europa (UE) y la ONU establecieran diferentes misiones militares y civiles. Junto a los efectivos africanos, la diversificación de la presencia militar provocó la dispersión y fraccionamiento de los grupos terroristas. Estos no fueron derrotados sino más bien saldrían fortalecidos a partir de 2014-2015. En este año entró a escena la organización internacional del Estado Islá­mico (EIIS), la cual activó varios grupos en el Sahel: el Estado Islámico en el Gran Sahara (EIGS) y la Provincia del Estado Islámico en África Occidental (ISWAP). Por otra parte, se crearon otros grupos aliados a Al Qaeda, como el Frente de Liberación de Macina, dirigido por Amadou Koufa (enero 2015) y Ansarou Islam fundado por Ibrahim Malam Dicko, en Burkina Faso, en 2016. Esta amplia variedad de grupos, su dispersión geográfica, su extensión hacia Burkina Faso y los niveles de coordinación que existían entre ellos, hicieron del Sahel el epicentro del terrorismo en África.

A pesar de los programas existentes de Estados Unidos, la presencia militar extranjera multinacional en el Sahel estaría encabezada por Francia, a partir de 2012. La crisis en el Sahel fue también el pretexto para que la Unión Europa (UE) y la ONU establecieran diferentes misiones militares y civiles.

En el periodo comprendido entre el 2015 y el 2025, el comporta­miento del terrorismo en la vasta zona sahelo-sahariana se ha caracterizado por el incremento del número de actores involucrados, la creación de nuevas alianzas, el fraccionamiento y surgimiento de otros grupos sin una filiación determinada. De aquí se deriva que los sistemas de lealtades y de alianzas establecidos entre ellos sean confusos y maleables. Esto complejizó el pano­rama de seguridad e introdujo nuevas dinámicas en las relaciones entre los grupos. En este sentido, se evidenciaron altos niveles de “coordinación” entre ellos por respetar las zonas de influencia de cada uno. Ello quiere decir que la disputa entre Al Qaeda y EIIS fue muy sutil en el Sahel. Cada uno de ellos utiliza métodos adaptados a las particularidades del Sahel y poseen un fuerte apoyo social. La derrota del EIIS en Medio Oriente no significó la desaparición de sus filiales en el Sahel. Sin embargo, no han podido superar a AQMI, por lo que el Sahel ha seguido estando controlado por Al Qaeda.

En cuanto a las políticas “antiterroristas”, habría que mencionar que estas solo tuvieron resultados parciales y muy superficiales en el periodo 2013- 2014 cuando la Operación Serval de Francia en Mali logró desarticular, solo de manera coyuntural, a los grupos vinculados a AQMI. Con la emergencia del EIIS en 2014, los grupos en el Sahel se reorganizaron. Desde 2015 y hasta el 2022, tal diversidad de grupos terroristas y su concentración en determinadas áreas dentro de un mismo país, provocó que las agendas antiterroristas imple­mentadas por los actores estatales, regionales e internacionales no hayan tenido ningún resultado. La existencia de múltiples estrategias para enfrentar estas redes dificultó la coherencia de dichos programas de seguridad.

Sólo la operación militar francesa en el norte de Mali, conocida como Serval, podría considerarse como la única que cumplió con su objetivo de detener la ofensiva de los grupos armados hacia Bamako, pero sus resultados a largo plazo fueron negativos, debido a que con esta acción franco-africana, los grupos se dispersaron. Por su parte la UE había establecido varios pro­gramas cívico-militares para la capacitación de los ejércitos de Mali y Níger. El primero de estos fue lanzado en julio de 2012: la Misión de Capacitación de la Unión Europea en Níger (EUCAP Sahel Níger). Tuvo un carácter civil y estaba enfocado en el asesoramiento a las fuerzas de seguridad internas de Níger (Council of the European Union 2020) en particular la Policía Nacional, la Gendarmería y la Garde Nationale. El segundo se oficializó el 18 de febrero de 2013: la Misión de Entrenamiento de la Unión Europea en Mali (EUTM Mali), de carácter militar y cuyo objetivo era el asesoramiento, educación y formación de las fuerzas armadas malienses (European External Action Service 2020).

Francia por su parte, impulsaría otra iniciativa: el grupo G5 del Sahel (G5S), desde febrero de 2014. Este mecanismo de concertación estaría confor­mado por Mauritania, Mali, Níger, Burkina Faso y Chad, como una respuesta regional a los problemas transnacionales derivados de los flujos migratorios, la radicalización islámica, el extremismo violento y el crimen organizado. A partir de agosto de 2014, Francia puso en funcionamiento su Operación Barkhane de Lucha contra el Terrorismo para toda la zona transahariana, con lo cual se colocaba al frente de la coordinación de las actividades antiterro­ristas de la UE en el Sahel.

Otra de las iniciativas por parte de la UE fue adoptada el 15 de enero de 2015, cuando el Consejo Europeo aprobara la misión civil de gestión de crisis de la UE en Mali: Misión de la Unión Europea de Desarrollo de las Capacidades en Mali (EUCAP Sahel Mali). Estaba centrada en apoyar la reforma del sector de la seguridad y el fortalecimiento de la gobernanza y la rendición de cuentas de las fuerzas de seguridad interna malienses (EUCAP Sahel Mali 2021). Como se ha evidenciado, Francia y la UE priorizaron la zona del Sahel desde el punto de vista de la seguridad y la defensa, pero los resultados no fueron los esperados. En 2017, se decidió crear la fuerza militar del G5S conocida como Fuerzas Conjuntas del G5 del Sahel (FCG5S), bajo la coordinación de la Operación Barkhane. Francia mantenía su liderazgo en su “pré carré” o zona de influencia postcolonial.

Por su parte, Estados Unidos tampoco se quedaba rezagado. En noviembre de 2017, Níger había dado la aprobación para que drones esta­dounidenses portasen armas y realizaran ataques en su territorio contra los grupos terroristas. De acuerdo con el AFRICOM, EE.UU armaría los drones, del tipo MQ-9, emplazados en Níger para labores de recolección de inteligen­cia, vigilancia y reconocimiento. Estos se encontraban en la Base Aérea 101 en Niamey, que servía tanto a los 800 soldados estadounidenses como a los 1500 efectivos franceses acantonados aquí (Arslan 2023). También utilizaron la Base Aérea 201 (AB201) en la región del Agadez. Su construcción se había iniciado en 2016, con un presupuesto de 50 millones de dólares, pero llegó a sobrepasar los 100 millones (Pillalamarri 2018). Entró en operaciones en 2019 como parte de un acuerdo con Níger por diez años, que concluiría en 2024. Con esta base aérea, las fuerzas del AFRICOM podían hacer vuelos de vigilancia por todo el Sahel, al encontrarse justo en el centro de esta zona. Dicha instalación constituía una muestra clara de la ampliación de la presen­cia militar de Estados Unidos en África, al ser la segunda mayor instalación construida en el continente, después de Camp Lemonier, en Djiboutí. Así, EE.UU podía seguir el mismo patrón de Somalia contra Al Shabaab: los ataques con drones.

En octubre de 2019, el gobierno francés anunció el lanzamiento de una nueva operación europea en la región de Liptako-Gourma (Mali-Ní­ger-Burkina Faso), denominada Operación Takuba. Sus acciones militares comenzaron en julio de 2020 (Mali Actu 2020). Esta etapa coincide con la de un incremento exponencial del activismo terrorista en dicha zona, conocida como la triple frontera. Todos los informes elaborados por el Africa Center for Strategic Studies (ACSS), dan cuenta de dicho crecimiento del terrorismo en el Sahel desde el 2015 y hasta la actualidad (Africa Center for Strategic Studies 2020).

La amplitud de los programas militares antiterroristas occidentales se correspondía con un incremento exponencial del activismo terrorista, lo cual denota que esta diversificación de la presencia militar bilateral — Francia y Estados Unidos — y multilateral — con la UE y la ONU — no estaba dando los resultados esperados. La crisis de seguridad se combinó con la agudiza­ción de las crisis políticas nacionales que conllevaron a una oleada de golpes de Estados profundamente interconectados entre sí, ante el fracaso de los gobiernos en el poder para resolver los problemas de seguridad, luego de más de una década de subordinación militar directa a las potencias occidentales.

Transformaciones políticas en el Sahel: reactivación de los golpes de Estado (2020-2023)

En tan solo cuatro años, la región sahelo-sahariana experimentó ocho golpes de Estado; cuatro derrocamientos de gobiernos, incluido el polémico caso de Chad; dos intentos fallidos y tres autogolpes en contra de las propias juntas militares. El resurgimiento de los golpes de Estado ha sacudido la zona poniendo en jaque a Francia, la UE y hasta las instituciones subregionales africanas. Hacía décadas que no se veía en África Subsahariana tal concentra­ción de golpes de Estado, casi en efecto dominó, en una sola zona y en países que comparten fronteras. Esto no ocurría desde 1980, momento en el que hubo más golpes de Estado efectivos en un solo año y desde 1999 segunda ocasión en la que esta cifra fue récord en un año (Powell 2022).

La crisis de seguridad se combinó con la agudiza­ción de las crisis políticas nacionales que conllevaron a una oleada de golpes de Estados profundamente interconectados entre sí, ante el fracaso de los gobiernos en el poder para resolver los problemas de seguridad, luego de más de una década de subordinación militar directa a las potencias occidentales.

Una combinación de factores internos tales como, la profunda crisis socioeconómica postpandémica, decenas de miles de desplazados-refugiados y el impacto de los problemas de seguridad, marcaron la profundización de la crisis político-institucional de los países de la zona. El avance de los grupos vinculados a Al Qaeda y el Estado Islámico elevaron las críticas sobre la ya cuestionada efectividad de la presencia militar extranjera encabezada por Francia. Al mismo tiempo, se agudizaron las contradicciones entre las cúpu­las militares y la burocracia política gubernamental. Los gobiernos derivados de las juntas militares en el poder, han sido una expresión de la profunda crisis político-institucional por la que atravesaban Mali, Burkina Faso y Níger. Sin embargo, sus posicionamientos los han llevado a un enfrentamiento directo con Francia y la UE, mientras que tienden a fortalecer sus relaciones con el eje chino-ruso.

El país epicentro de la crisis de seguridad en el Sahel, por más de una década, ha sido Mali. Una vez más, este país se pondría en el centro de las transformaciones políticas con implicaciones geopolíticas de largo plazo. Se repetía el escenario golpista de 2012, pero en condiciones peores: una escalada en el descontento popular por los resultados de unos “fraudulentos” comicios legislativos y demandas de renuncia del presidente por su mala gestión frente al terrorismo. El 18 de agosto de 2020, se inició el complot militar contra el mandatario Ibrahim Boubacar Keïta, obligado a dimitir (Bèle 2020); pero las contradicciones entre los miembros de la junta militar llevarían a una segunda acción golpista por parte del mismo coronel Assimi Goita, el 24 de mayo de 2021. A partir de aquí, las relaciones con Francia se comenzarían a deteriorar al extremo.

El segundo país en el cual detonaría otro golpe de Estado fue Gui­nea Conakry, el 5 de septiembre de 2021, dirigido por el coronel Mamady Doumbouya (Deutsche Welle 2021). Este proceso no podría situarse en la misma dinámica del Sahel, pero sin dudas generó tensiones a lo interno de la organización subregional: la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO). El tercer escenario golpista se situaría en otro Estado saheliano: Burkina Faso, en enero de 2022. El país estaba profundamente afectado por una crisis de seguridad desde el 2015. Aquí otro grupo de ofi­ciales, dirigidos por el coronel Paul-Henri Sandaogo Damiba, derrocaron al mandatario Roch Marc Christian Kaboré.

Harouna Traore-AP / Sputnik

En febrero de 2022, Francia anunciaba oficialmente la decisión de retirar sus tropas de Malí, proceso que se completaría hacia agosto de ese mismo año. Para el 8 de noviembre de 2022, el presidente francés, Emma­nuel Macron, anunciaba el fin oficial de la Operación Barkhane en el Sahel. El descalabro militar de Francia en África Occidental, no hacía más que ini­ciar. La forma en la que fueron obligados a retirarse, de manera escalonada y sin posibilidades de negociación, era un escenario que casi ningún analista pudo prever. En medio de los antagonismos entre Francia y los gobiernos militares en el poder, el Consejo Europeo acordaba, en enero de 2023, la prolongación del mandato de su misión EUCAP Sahel Malí, hasta el 31 de enero de 2025, con una nueva asignación de 73 millones de euros (Swissinfo 2023). Sin embargo, las contradicciones a lo interno de la UE, llevaron a la conclusión de esta misión, antes de la fecha programada y debido al voto contrario de Francia.

Con respecto a las misiones en Níger, la UE autorizaba en febrero de 2023, el lanzamiento de otro programa para este país: la European Union Military Partnership Mission (EUMPM), el cual tendría un mandato hasta mayo de 2024. El parlamento alemán llegó a aprobar, en abril de 2023, el despliegue de hasta 60 soldados alemanes en Níger como parte de esta nueva misión (Anadolu 2023). Mientras tanto, se mantenía la EUCAP Sahel Níger, además de una misión bilateral por parte de Italia: Bilateral Support Mission (MISIN) que entrenaba soldados nigerianos desde 2018. Italia tendría unos 350 efec­tivos como parte de la MISIN y de la EUMPM (Arslan 2023). Es importante señalar que Alemania junto a España han sido los dos países europeos con mayor presencia en las diferentes misiones de la UE en el Sahel.

El último de los golpes de Estado en el Sahel se producía precisa­mente en Níger, el 26 de julio de 2023. Elementos de la guardia presidencial dirigidos por el general Abdourahamane Tchiani, detuvieron al presidente Mohamed Bazoum. Esta acción castrense en Niamey no fue antecedida de protestas antigubernamentales como sí ocurrió en Mali y Burkina Faso. Sin embargo, las críticas principales de los militares recaían en la ineficacia y la no colaboración de dicho gobierno con el resto de los países del Sahel, en el enfrentamiento al terrorismo. Níger enfrenta acciones terroristas desde su frontera con Mali y Burkina Faso por el oeste, pero también las acciones de Boko Haram desde el sureste con la frontera nigeriana-chadiana.

La UE había suspendido todo el apoyo financiero a Níger como res­puesta a las sanciones frente al golpe de Estado. Como resultado, la junta militar concluyó los dos acuerdos en materia de seguridad con la UE: el programa EUMPM y el EUCAP Sahel Níger, activo desde el 2012 (Tasamba 2023). La situación en Níger complicaba aún más la presencia militar de Francia en el Sahel, puesto que hacia aquí se habían relocalizado sus efectivos, expulsados de Mali y Burkina Faso. La junta asumió el discurso antifrancés de sus vecinos y enseguida comenzaron los antagonismos con Francia. Una medida sin precedentes adoptada por la junta militar nigerina fue decretar la suspensión de las exportaciones de uranio y de oro hacia Francia. El 3 de agosto de 2023, también anunciaban el fin de los acuerdos militares con Fran­cia y, por ende, la salida de los 1 500 efectivos galos presentes en su territorio.

El desmontaje paulatino de todos los programas cívico-militares de la UE afectaría desde luego los organismos de seguridad regional patrocina­dos por ellos, como era el caso del Grupo del G5 del Sahel. El 15 de mayo de 2022, Malí anunció que abandonaba la alianza como protesta por el hecho de que no se le permitió asumir la presidencia del grupo (Le Monde 2022). A su vez, el 3 de diciembre de 2023, Níger y Burkina Faso se retiraban de los mecanismos de esta “alianza”. Solo días después, el 6 de diciembre, los restantes miembros (Chad y Mauritania) anunciaron su definitiva disolución y con ello, otro fracaso rotundo de uno de los engranajes de seguridad que los europeos, liderados por Francia, venían construyendo en el Sahel. El último golpe a la presencia europea llegaría el 17 de mayo de 2024, cuando concluyó el mandato de otra de las misiones de la UE en el Sahel: la EUTM Mali. El fiasco de los programas de seguridad africanos ponía en crisis la llamada Política Común de Seguridad y Defensa de la UE.

Los golpes de Estado experimentados en estos años respondieron más a procesos internos y a las contradicciones o luchas por el poder político de los actores domésticos que a intereses extranjeros, aunque, informaciones tendenciosas trataron de vender la idea de que Rusia y el Grupo Wagner estuvieron detrás de estas acciones. Pero, lo más probable es que ninguno de los golpes se produjo por presión externa, ni de Rusia ni de Francia o de Estados Unidos, como había sido la característica en las décadas de 1960- 1980. Más bien, estos golpes (2020-2023) se originaron por factores internos y con la excepción del de Guinea, se posicionaron rápidamente en contra de la presencia militar francesa en el Sahel.

En el caso de Chad, en abril de 2021, respondió a otros causantes e incluso aquí no se habló de un golpe de Estado clásico, sino más bien de un golpe palaciego. En diciembre de 2022 hubo un intento fallido de golpe de Estado en Chad, pero sin mayores repercusiones. Este país, que había sido uno de los principales aliados de Francia, desde el punto de vista militar, tuvo posiciones encontradas con respecto a sus relaciones con el resto de las jun­tas militares del Sahel occidental e incluso se llegó a manejar la idea de que participaría en una posible intervención militar en Níger, lo que no ocurrió. La tendencia más evidente lo que apunta a una crisis golpista en la zona francófona — si se incluye también el golpe de Estado en Gabón (2023) —, después de más de una década de programas europeos de capacitación, entre­namiento, asesoramiento y financiamiento a los ejércitos africanos locales.

Ninguno de los golpes se produjo por presión externa, ni de Rusia ni de Francia o de Estados Unidos (…) se posicionaron rápidamente en contra de la presencia militar francesa en el Sahel

Frente a esta dinámica, los protocolos de la UA, el de los organismos subregionales de integración como la CEDEAO, e incluso los de los actores internacionales occidentales — EE.UU, UE, ONU — se suele rechazar a los gobiernos militares inconstitucionales. Por ende, se adoptan un conjunto de sanciones, hasta que se restablezca el orden constitucional, la democracia multipartidista y el regreso de un gobierno civil electo. En este contexto, ninguna de las sanciones o presiones diplomáticas internacionales surtieron efecto. Las sanciones de la CEDEAO no pudieron ser mantenidas por mucho tiempo e incluso dichos países no fueron del todo excluidos del mecanismo subregional de integración como era la costumbre.

Las juntas militares han alargado su permanencia en el poder sin que haya intenciones de propiciar un regreso al orden constitucional, en el corto plazo. Esto ha sido fuertemente criticado por los organismos africanos. Por ende, el periodo de transición hacia gobiernos civiles va a ser mucho más extendido de lo normal, lo que permite hablar de una profunda trans­formación política en el Sahel con impactos en las dinámicas geopolíticas regionales.

Estos golpes de Estado no generaron una ola de violencia social como ocurría en el pasado. La retórica discursiva de los respectivos jefes militares malienses, nigerinos y burkinabés ha sido de un enfoque antifrancés muy marcado, como no se había visto hasta la fecha, propiciado también por ese sentimiento antipopular contra la presencia militar de Francia en el Sahel, de ahí, el fuerte respaldo social que han tenido. Se evidencia un resurgimiento de ideas antineocoloniales y antimperialistas. Esto puede ser sólo retórica discursiva, pero hasta la fecha se ha mantenido y ha sido efectiva. Podrían ser catalogados como gobiernos militares populistas y antioccidentales.

Los “contragolpes” o destituciones de las juntas militares por otro golpe de Estado, tal y como ocurrió en Mali y en Burkina Faso, podría haber indicado la no existencia de consensos a lo interno de las fuerzas armadas. Sin embargo, hasta el momento, las juntas militares en el poder han consoli­dado sus respectivos liderazgos, como es el caso del joven capitán burkinabé Ibrahim Traoré y no se han producido otros intentos de golpes de Estado. También su legitimidad social interna no parece ser cuestionada, más allá de los partidos políticos tradicionales que respondían a los intereses de los gobiernos depuestos.

Desde finales de 2023 se había planteado el escenario de una inter­vención militar de la CEDEAO en Níger, que no se cumplió. Esto sin dudas había dividido las posturas dentro de la organización. Los gobiernos de facto en Mali, Burkina Faso y Guinea declararon que apoyarían a la junta militar nigerina frente a una posible intervención militar encabezada por Nigeria (Mednick 2023), lo que considerarían como una “declaración de guerra contra ellos” (Agenzia Nova 2023). Esta posición de la CEDEAO respondía más a presiones externas, provenientes de Francia que, a una lógica interna subre­gional, debido a que en los otros escenarios golpista nunca se llegó a plantear una intervención para restablecer el orden en dichos países, como sí fue el caso de Níger. De haberse llevado a cabo la intervención, los gobiernos de las juntas militares de Mali y Burkina Faso retirarían a sus países de la CEDEAO. Los medios de comunicación hablaban de una “alianza golpista” y los cataloga­ban como “juntas militares prorrusas”. El resultado final de este proceso fue el fortalecimiento de las posiciones de los países dirigidos por las juntas militares. Estos lograron no solo evitar que la región se viera inmersa en una nueva guerra interafricana a nivel subregional e internacionalizada por los intereses geopolíticos de todos los actores implicados, sino también resis­tieron a las presiones diplomáticas provenientes tanto de África como del exterior. Al final, la CEDEAO quedó debilitada, porque se confirmó la salida de su seno de los países del Sahel y la creación por parte de estos de un nuevo mecanismo de concertación: la Alianza de Estados del Sahel (AES), a la que recientemente mostró interés de pertenecer, otro país como Togo, también ex colonia francesa y miembro de la CEDEAO. Esto es otro ejemplo de cómo las transformaciones políticas impactaron la institucionalidad africana.

Es importante prestar mayor atención al cambio de posicionamiento de Chad con respecto a Francia. Este país ha tenido un rol fundamental en el enfrentamiento a Boko Haram en la Cuenca del Lago Chad y ha sido un aliado indiscutible de Francia desde la descolonización. Tropas francesas han permanecido de manera ininterrumpida en su territorio desde enton­ces. Tras el golpe de Estado “palaciego” de abril de 2021, no hubo ningún cuestionamiento serio en contra de Chad. Este país fue receptor de las tropas francesas expulsadas de Níger y se perfilaba como uno de los principales que respondería a una intervención de la CEDEAO en Níger, sin embargo, su gobierno declaró que no participaría en una acción de este tipo.

El cambio en el posicionamiento de Chad tomó a varios por sorpresa, pero ya había algunos indicios de un diferendo. En octubre de 2024, Francia no apoyó a Chad en su operación Haskanite contra Boko Haram y en julio, el mandatario chadiano cancelaría una visita oficial a Paris. El anuncio contun­dente llegaría el 28 de noviembre de 2024, cuando declararon también el fin de sus acuerdos de defensa con Francia2, aunque no la ruptura de relaciones diplomáticas. Un total de mil efectivos galos se encontraban repartidos en tres bases militares: la base aérea 172 en N´Djamena (capital), Faya Largeau (norte) y la base Croci en Abéché (este). Esta ruptura con Francia, lo colocaba en la órbita del resto de los países del Sahel occidental, debido a la necesidad de establecer buenas relaciones con dichos gobiernos. A su vez, se refuerzan las posturas de la AES con un posible acercamiento de Chad y ahora de Togo.

Hechos como la expulsión de las tropas francesas de Mali, Burkina Faso y Níger e incluso la ruptura de relaciones diplomáticas, en el caso de Mali y la decisión de abandonar el francés como lengua oficial y hasta la reti­rada de la Organización Internacional de la Francofonía, podrían ser hechos entendidos como medidas coyunturales y no estructurales. Sin embargo, no existen antecedentes, dígase en los últimos 50 años, en que efectivos militares franceses hayan sido obligados a abandonar un país africano por mandato de un gobierno de facto, ni ha sido tal el antagonismo multidimensional contra Francia. Cuestionamientos y posicionamientos como estos no se veían desde la época de la descolonización. Por ello, la manera en la que se ha producido esta transformación de las relaciones con Francia apunta a un escenario en el que no parece que pueda retomar su rol político-militar en el resto del África Occidental y Central.

Esta idea se refuerza con el cambio en el posicionamiento de Chad, de terminar sus acuerdos de defensa con Paris y las declaraciones realizadas por los mandatarios de Senegal y Costa de Marfil con respecto a concluir la presencia militar gala en sus respectivos países. El presidente de Senegal, Bassirou Diomaye Faye, declaró que el fin de toda la presencia militar extran­jera en el país se iniciará en este 2025, en especial de los 350 efectivos fran­ceses. De igual manera, el presidente de Costa de Marfil, Alassane Ouattara, informó la «retirada concertada y organizada de las tropas francesas» del país (Swissinfo 2025). Ya Francia anunció que había iniciado la transferencia a Senegal dos bases militares en los distritos de Marechal y Saint-Exubery de Dakar, como parte del plan de retirada total de sus soldados y la devolución de las bases para finales de 2025 (France 24 2025).

Si bien el foco de atención han sido los cuestionamientos a Francia, Estados Unidos parece pasar desapercibido. Su presencia militar más impor­tante se encontraba precisamente en Níger, en la región de Agadez, donde establecieron una base militar de gran envergadura hasta 2024. Coincidiendo con los efectos del golpe de Estado y la retirada de los efectivos franceses de Níger, se producía el cese de la presencia militar estadounidense en el país. Este proceso inició el 19 de mayo de 2024, tras un acuerdo mutuo en el que establecieron las condiciones para la retirada de las fuerzas de Estados Unidos de la Base Área 101, en Niamey, para julio y de la Base Área 201, en Agadez, para agosto de 2024. La retirada se completó, de manera ordenada y segura, el 15 de septiembre de 2024 (United States Africa Command 2024).

Todos estos procesos denotan el desmantelamiento absoluto de los programas de defensa de Europa en el Sahel y, por lo tanto, no se trata sólo de un fracaso de Francia sino de la UE en su conjunto. Es una crisis sistémica de todo el aparato de seguridad y defensa que los europeos han venido estableciendo en África Occidental y Central, por más de una década, lo cual es una manifestación del desprestigio de sus iniciativas antiterroristas y del retroceso que está teniendo Europa en el continente africano. Las transfor­maciones geopolíticas que se están dando en este espacio africano, como parte del Sur Global, son otra manifestación de los cambios en el sistema internacional en favor de una multipolaridad encabezada por China y Rusia.

China y Rusia en el juego geopolítico del Sahel: iniciativas en el sector de la seguridad

El primer cuarto del siglo XXI ha marcado el inicio de la transfor­mación de la histórica dependencia africana a los poderes occidentales. Esto se ha evidenciado con la emergencia y consolidación de nuevos actores no tradicionales que han ampliado sus vínculos político-diplomáticos, económi­co-comerciales y hasta de seguridad con el continente africano. Sin dudas, el principal de todos ellos ha sido China, que se ha afianzado como el principal socio comercial de África, desplazando a los tradicionales socios europeos y al mercado estadounidense como principal destino de las exportaciones africanas.

Este desplazamiento del mercado africano hacia la región del indo­-pacífico en detrimento del eje comercial atlántico-mediterráneo, también ha venido acompañado de un incremento de las inversiones extranjeras chinas, indias, y japonesas, así como las procedentes de países árabes del Golfo, de Turquía, Israel, Irán y Rusia. Esta diversificación de las relaciones económi­cas de África hace que ya se pueda incluso hablar de una disminución de la dependencia histórica de África a Occidente, aunque todavía en el plano de la seguridad y la defensa, la “subordinación” a Estados Unidos es aún más evidente. Mientras tanto, con Europa, esta dependencia en materia de seguridad, se ha erosionado casi por completo y está siendo un espacio que empieza a ser ocupado por países como Rusia, sobre todo, en el Sahel.

El regreso de la influencia rusa a África Subsahariana se enmarca en el contexto de la llegada al poder de Vladimir Putin (2000). Fue así que se comenzó a concebir la idea de restablecer los vínculos políticos con la región. Desde el fin de la URSS, ningún mandatario ruso había viajado al continente, hasta la visita de Vladimir Putin en 2006 a Marruecos y Sudáfrica, el primer país subsahariano en recibir a un mandatario ruso. El interés de Rusia estuvo centrado en invertir e incrementar la cooperación entre ambos países en el sector minero (Wines 2006) y desde aquí comenzaría un camino ascendente en el que se fueron ampliando los vínculos económicos para darle paso ahora a los de seguridad.

Cada tres años como promedio, se realizaría al menos un viaje a África Subsahariana por parte de un presidente ruso. Putin visitaría Libia en 2008 y en 2009, durante la extensa visita oficial a la región por parte del mandatario Dimitri Medvédev, que lo llevó a Egipto, Nigeria, Namibia y Angola, se reconoció cómo Rusia había descuidado sus relaciones con estos países desde el fin de la época soviética. En su gira africana, las más larga realizada por un presidente ruso a la región, Medvédev se reunió con las principales figuras políticas de dichas naciones (AFP 2009). Cuando Putin retoma la presidencia, visitaría de nuevo Sudáfrica en 2013; Egipto en 2015 y Sudáfrica en 2018.

La inversión extranjera rusa en el continente, en una década (2005- 2015) creció en un 185% según la ONU, y solo en 2017, lo hizo en un 25% hasta 17 400 millones. En ello desempeñó un rol significativo la pertenencia de Sudáfrica a los BRICS desde el 2010 (Rodríguez-Marín 2019). En estos montos también inciden además de los acuerdos comerciales, la venta de armamento. Según los datos del balance comercial, presentado en la Cumbre Rusia-África en Sochi (2019), en los últimos cinco años (2014-2019) el total del comercio ruso-africano alcanzó la cifra de 20 mil millones dólares, pero las inversiones están en el 1% (Pandiella 2023).

Cada tres años como promedio, se realizaría al menos un viaje a África Subsahariana por parte de un presidente ruso

Se plantea que solo el 3.7% de los bienes exportados por Rusia tenía como destino la región africana y de este, más del 2.7% con la subregión de África del Norte. Mientras, las exportaciones procedentes de África eran solo el 1.1% del total de las importaciones de Rusia. Este volumen comercial todavía está muy lejos de los 204 200 millones de China y los 63 mil millones de la India, registrados en 2018 (Tih 2019). Sin dudas, es un paso muy positivo y un elemento adicional que permite comprender el por qué de una primera Cumbre Rusia-África, en Sochi en 2019 y luego la realización de una Segunda Cumbre, en San Petersburgo, en 2023, en la que, por ejemplo, participó el líder de la junta militar maliense, Ibrahim Traoré. En esta última, la asisten­cia de líderes africanos fue mucho menor — 43 contra 17 jefes de Estado en 2023 — por el tema de Ucrania. Sin embargo, se alcanzaron importantes acuerdos en materia de alimentos — cereales —, y se anunció la cancelación de 90 millones de dólares en deuda (Pandiella 2023).

En el sector de la seguridad, Rusia se ha hecho presente en varios escenarios de conflictos africanos como República Centroafricana, Sudán, Libia y ahora en los países del Sahel, a través del polémico grupo Wagner.

El tema de los mercenarios rusos ha suscitado grandes debates en sectores políticos y académicos, que forman parte también de una narrativa antirrusa. El mercenarismo en el continente no es nuevo y fueron precisamente los franceses, británicos y estadounidenses lo que utilizaron este método, desde la época de la descolonización. La colaboración rusa con países africanos en temas de seguridad, viene acompañada del fracaso de los programas militares euro-estadounidenses y hasta como una extensión de la guerra en Ucrania: la “ucranización de África”.

Rusia ha sabido ir ocupando esos espacios, no solo con el entonces Grupo Wagner, rebautizado ahora como Africa Corps, sino también por el incremento de la venta de armas a países africanos y la colaboración militar directa en el escenario saheliano. Las primeras operaciones del Africa Corps se llevaron a cabo en Mali, donde el ejército maliense, con el respaldo de Rusia, retomaron el control de la estratégica ciudad de Kidal, en noviembre de 2023. A raíz de este hecho, su activismo se ha incrementado, extendiendo sus operaciones hacia Burkina Faso (Lechner y Eledinov 2024). También la junta militar en Níger se ha acercado a Rusia. En diciembre de 2023, la cancelación de los acuerdos con la UE se produjo en el contexto de una visita rusa a Niamey tras la cual se firmaron acuerdos de cooperación en materia de defensa entre el Russian Deputy Minister of Defense Colonel-General Yunus-Bek Yevkurov and Nigerien Defense Minister General Salifou Mody (Tasamba 2023).

Es evidente que el objetivo ruso está centrado en tratar de equiparar el nivel de las relaciones políticas, con las económicas y las militares, puesto que todos forman parte de su proyección hacia la región. Hasta la fecha, las relaciones económico y de cooperación de Rusia con África están muy lejos de compararse con los volúmenes de intercambio entre China, India y Japón con la región y sus primeros pasos en temas de seguridad se realizan en un contexto internacional marcado por su victoria contra el terrorismo del Estado Islámico en Siria, el fortalecimiento de sus posiciones frente a Estados Unidos y la UE en Ucrania y ahora, disputando espacios geopolíticos de tradicional control francés.

Es importante señalar que a partir de la llegada del Grupo Wagner a Mali en 2021 y la retirada posterior de Francia en 2022, en los informes elaborados por el Africa Center for Strategic Studies, institución perteneciente al Departamento de Defensa de Estados Unidos, se incluye a Rusia en las estadísticas sobre víctimas civiles como resultado de las acciones militares y alegan “violaciones a los derechos humanos”. Es decir, antes, los reportes de víctimas civiles estaban solo asociados a los ataques de los grupos terroristas, ahora los ponen vinculados a los ataques de Rusia y de las fuerzas de seguri­dad estatales (Africa Center for Strategic Studies 2025). También mantienen la narrativa de que a partir de estas fechas se produjo un incremento del terrorismo. Este enfoque resulta algo tendencioso, en el sentido de que antes no daban cuenta de las víctimas civiles por acciones conjuntas de Estados Unidos y Francia. Además, pretenden dar la idea de que el terrorismo se ha incrementado como resultado de la retirada francesa, cuando este era un proceso que venía en ascenso desde el 2015.

Por su parte, China ha ido tomado medidas para mejorar sus aportes a la estabilización y mantenimiento de la paz en África, a través de acuerdos de cooperación militar, ya sea en forma de contratos de ventas de armamento o de formación de militares africanos. Esta cooperación se expresa de manera bilateral o multilateral. La cooperación bilateral se basa en las ventas de armas, las donaciones de equipo y los programas de formación y adiestramiento. En 2015, China fue, después de Rusia, el segundo proveedor de armamento a África subsahariana, cubriendo el 22% de las armas que se transfirieron a la región. Según un informe del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS22) de Londres, 35 países africanos (el 68%) emplean equipamiento militar chino (Tebas 2016). Además de los importantes convenios econó­micos chinos en Malí, como un contrato por más de 11 mil millones para financiar dos importantes proyectos ferroviarios: la rehabilitación de la línea ferroviaria Bamako-Dakar y la construcción de la línea ferroviaria entre Malí y el puerto de Conakry o un contrato para establecer una fábrica de cemento, China proporcionó a Malí más de 9 millones en equipo militar, incluidas armas, municiones, camiones, equipo de transporte y seguridad, como parte de un Memorando de Entendimiento firmado en 2021.

En lo que se refiere a la cooperación multilateral, esta se expresa a través de la UA y las organizaciones subregionales africanas o por la participa­ción de sus tropas en las Operaciones de Mantenimiento de la Paz de Nacio­nes Unidas. China llegó a tener más de 2000 soldados y personal desplegado en misiones de mantenimiento de la paz de la ONU en la República Demo­crática del Congo, Malí, Sudán, Sudán del Sur y la República Centroafricana. Solo en el caso de Mali, como parte de la MINUSMA, tuvo 403 cascos azules. Desde 2007, ha sido el miembro permanente del Consejo de Seguridad que más efectivos ha aportado a los contingentes de mantenimiento de paz, siendo actualmente el octavo contribuyente, con 3 044 efectivos en todo el mundo, de los cuales 2 217, el 74%, están desplegados en África.

China no solo ha ofrecido un fuerte respaldo a las posiciones de la UA en los debates que sobre cuestiones de seguridad tienen lugar en la ONU, sino que ha realizado donaciones financieras para la lucha contra el terro­rismo y la misión de estabilización en Somalia. Por ejemplo, en septiembre de 2015, el presidente Xi Jinping ofreció ayuda militar, de hasta 100 millones de dólares, a los mecanismos de respuesta rápida de la UA (African Standby Forces) y durante la Sexta Cumbre China-África (Johannesburgo-Sudáfrica, 4 diciembre de 2015) ofreció a la UA, 60 millones de dólares para financiar sus operaciones de mantenimiento de la paz.

Con respecto a las organizaciones subregionales, destaca la ayuda militar con fondos, transferencia de equipos y entrenamiento para misiones de mantenimiento de la paz a la CEDEAO o la IGAD. China ha apoyado las operaciones de seguridad y contraterrorismo del G5 Sahel, trabajando con Burkina Faso, Chad, Malí, Mauritania y Níger. Prometió más de 45 millo­nes de dólares, a principios de 2019, a la ahora extinta Fuerza Conjunta del G5-Sahel. También destinó 1.5 millones de dólares por las operaciones de la Secretaría Permanente del G5, mecanismos completamente desarticulados por la crisis franco-europea en el Sahel.

A pesar de la apertura de su base militar en Djiboutí en 2017, el otorgamiento de becas a estudiantes burkineses y representantes guberna­mentales para asistir a academias militares en China, ofrecer entrenamiento a militares de Burkina Faso y mantener acuerdos de cooperación militar con al menos 11 países del continente: Angola, Argelia, Egipto, Ghana, Nigeria, Sudáfrica, Sudán del Sur, Tanzania, Uganda, Zambia y Zimbabue, la pre­sencia militar china en África sigue siendo discreta. Sin embargo, esta se ha ido incrementado. Por ejemplo, en 2015, las fuerzas armadas nigerianas utilizaron un Vehículo Aéreo No Tripulado (UAV20) armado, de fabricación china (modelo CH-3) en operaciones contra Boko Haram. En 2018 realizaron el Primer Foro de Seguridad y Defensa China-África, organizado en Beijing, por el Ministerio de Defensa chino. Esta fue una oportunidad para definir los ejes de esta cooperación y en particular el tema de la “asistencia mutua para la seguridad”. El 25 de julio de 2022 efectuaron la Segunda Reunión Ministerial del Foro de Paz y Seguridad China-África.

China no solo ha ofrecido un fuerte respaldo a las posiciones de la UA en los debates que sobre cuestiones de seguridad tienen lugar en la ONU, sino que ha realizado donaciones financieras para la lucha contra el terrorismo y la misión de estabilización en Somalia

Los temas de defensa y seguridad ya se incorporaron como parte de los ejes centrales del Foro China-África (FOCAC). Así se expresó en la Octava Conferencia Ministerial de la FOCAC, en Dakar, entre el 29 y 30 de noviembre de 2021, donde plantearon “salvaguardar sólidamente la soberanía, la segu­ridad y los intereses de desarrollo de China y de los países africanos, y pro­teger los intereses comunes de los países en desarrollo” (Ministry of Foreign Affairs of the People´s Republic of China 2021). En la reunión ministerial se aprobó la Declaración de Dakar, el Plan de Acción de Dakar (2022-2024), la Declaración sobre la Cooperación China-África en Materia de Respuesta al Cambio Climático y la Visión 2035 de la Cooperación China-África.

Todos estos aspectos son reflejo de una postura más abierta de los Estados africanos en demandar una participación más proactiva de Beijing en la lucha contra el terrorismo, el crimen organizado y la inestabilidad general en el Sahel. China está pasando a ocupar un espacio predominante en la seguridad de la región, pero aún está muy lejos de desplazar por completo el rol militar de EEUU. Con respecto al Sahel, se puede afirmar que la balanza se ha revertido a su favor.

Conclusión

El deterioro sistemático y progresivo de la seguridad en el Sahel occidental ha sido el resultado del avance imparable de los grupos terroristas vinculados a las redes de Al Qaeda y a las del Estado Islámico. La estrategia de lucha contra el terrorismo liderada por Estados Unidos a nivel mundial ha sido un fracaso, no sólo no se eliminó esta supuesta amenaza en el Medio Oriente, sino que se expandió hacia África, convirtiendo el Sahel en el epi­centro de su desarrollo. Por lo tanto, el enfoque que ha mantenido Estados Unidos y sus aliados en la región no ha dado tampoco ningún resultado real, ni en el Sahel ni en el Cuerno Africano.

Durante toda la etapa comprendida entre el 2012 y el 2022, en la cual estuvieron presentes los programas de “cooperación” militar implementados por Estados Unidos y la UE en el Sahel, así como las operaciones militares de Francia, el terrorismo nunca disminuyó. Esto ratifica la hipótesis de la ineficacia y el descrédito de todos estos programas de seguridad en Malí, Níger y Burkina Faso. Por lo tanto, en una década (2012-2022), las potencias occidentales no solo han perdido la iniciativa en el Sahel y fracasado, sino también han perdido el control de un espacio geoestratégico frente a Rusia y China.

Francia quedó en una situación de franco deterioro, retroceso y des­prestigio frente a los gobiernos sahelianos. Esto, junto al desgaste político de los líderes tradicionales africanos, provocó la emergencia de nuevos actores internos: figuras militares con un discurso articulado en términos naciona­listas y antinjerencistas. Por ello, una de las principales acciones realizadas por ellos tras llegar al poder por un golpe de Estado, fue apropiarse de una narrativa antifrancesa, apoyada en acciones contundentes y concretas. Los cambios geopolíticos causados por los gobiernos militares en el Sahel no han tenido otro correlato en la historia más reciente del continente.

A nivel de la institucionalidad africana, los cambios también son notables. Las contradicciones a lo interno de la CEDEAO, debilitaron el posi­cionamiento de la organización. La desarticulación del Grupo del G5 del Sahel, dio paso a la emergencia de un nuevo grupo de concertación regional, por la propia iniciativa africana: la Alianza de Estados del Sahel (AES). Este grupo va camino a su fortalecimiento con la posible ampliación de su membresía. Por lo tanto, se está produciendo una reconfiguración del bloque subregional. Por un lado, se ve una CEDEAO más debilitada y con una postura de conci­liación con Occidente, frente a una AES, más fortalecida y con una narrativa más “nacionalista” y antinjerencista.

Esto explica, sin duda, un cambio en la forma de gestionar las cri­sis de seguridad, rechazando los métodos tradicionales occidentales — de Francia en particular —, donde solo ha prevalecido la perspectiva militar. Mientras tanto, dichos gobiernos africanos se acercan a una opción alternativa y multidimensional en el plano de la seguridad, no solo centrada en el tema militar, sino también con un enfoque de inversiones y desarrollo económico como es el caso de China. Con respecto a Rusia, el país está representando otra alternativa, a pesar de la campaña internacional antirrusa y los enfoques tendenciosos que hablan de un incremento de la violencia en el Sahel como resultado de las acciones militares conjuntas en contra de los grupos armados.

La presencia chino-rusa, aunque EE.UU sigue teniendo la hegemonía militar en esta zona, ya ha dado pasos en función de una agenda centrada en la seguridad del Sahel. China y Rusia están en mejor posición para ampliar su legitimidad en esta área, con propuestas más concretas que las tradi­cionalmente ofrecidas por Occidente. Por lo tanto, los países afectados ven en Rusia y China una alternativa de apoyo más serio. Los pasos dados por Pekín y Moscú a nivel militar en la región subsahariana han sido motivo de preocupación por parte de EE.UU y los europeos.

No obstante, la alianza euro-estadounidense en el Sahel, con la nueva administración republicana de Donald Trump debe debilitarse aún más. África nunca ha estado dentro de las prioridades para Donald Trump. Vale la pena recordar que al final de su primer mandato ordenó la retirada de las tropas de Somalia y duplicó la suma total de los ataques con drones en dicho país. Su segunda administración se inaugura con una retirada — septiembre de 2024 — de las tropas estadounidenses de Níger. Sus presiones contra la UE para que incrementen su participación en los gastos de defensa de la OTAN, así como la evidente derrota europea, en el espacio ucraniano frente a Rusia, hacen que la colaboración con los europeos para “rescatar” sus espa­cios perdidos en el Sahel, no vaya a ser un tema importante para EE.UU. El AFRICOM seguirá activo en África, pero no en función de restablecer los niveles de coordinación que tenían con las fuerzas europeas, al menos, en África Occidental y Central, sino por el contrario, intentará centrar su retórica en frenar la ofensiva militar de Rusia en el Sahel y el control económico de China en África.

Estos acontecimientos han sido la expresión, a nivel subregional, de un proceso de transición en las relaciones internacionales, donde se consoli­dan las alianzas sino-rusas, sino-africanas y ruso-africanas, ajeno a la histórica subordinación de África a las potencias Occidentales. De esta manera, esta parte del Sur Global: el Sahel, se convierte en el epicentro africano de las contradicciones entre los ejes chino-ruso y euro-estadounidense, como una expresión del cambio geopolítico en las relaciones internacionales y que tiene a estos dos actores como protagonistas.


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  • Doctorante en Estudios de Asia y África en El Colegio de México. Conduce el podcast Contexto África. Investiga sobre terrorismo; procesos electorales; golpes de Estado e integración en África; políticas de Estados Unidos y China hacia el continente africano.

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