El legado de Fidel Castro en la coyuntura actual de Cuba y Nuestra América: entrevista a Llanisca Lugo

categorías: , , ,

Llanisca Lugo González, psicóloga, educadora y diputada a la Asamblea Nacional de Cuba, analiza el legado de Fidel en la coyuntura actual, marcada por la ofensiva de Estados Unidos hacia el continente en general y hacia la isla en particular.


Llanisca Lugo González es integrante del Centro Memorial Martin Luther King Jr. (CMMLK) de Cuba. Se graduó de Licenciada en Psicología en la Universidad de La Habana, donde recibió, por su desempeño excepcional, la máxima distinción académica que otorga la institución, conocida como Título de Oro. 

En el Centro Martin Luther King, Llanisca coordina actividades de formación política y de solidaridad internacional, a partir de las cuales participa en procesos de articulación de movimientos a nivel continental. Propuesta como precandidata por la Central de Trabajadores de Cuba, en marzo de 2023 fue elegida diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular por el municipio de Boyeros, en La Habana. Esta conversación se desarrolló a mediados de julio de 2026.

¿Qué tiene para decirnos el legado de Fidel en este contexto geopolítico que estamos viviendo? 

Bueno, la verdad es que el legado de Fidel daría para conversar muchísimo rato, sobre todo por el momento tan fuerte que estamos viviendo en el mundo entero, pero también en nuestra región. 

Para empezar, quiero recordar que en junio de 1958, cuando Fidel estaba por Minas del Frío, de pronto tienen que enfrentar que han destruido en un bombardeo la vivienda de un campesino, y él descubre que el armamento usado es de origen norteamericano. Le escribe a Celia Sánchez que cuando vio los cohetes que tiraron en casa de Mario, ese campesino, se había jurado que los norteamericanos iban a pagar bien caro lo que estaban haciendo; y que cuando esa guerra se acabara —la guerra de liberación nacional que triunfó en enero de 1959— empezaría para él una guerra más larga y más grande: la guerra contra los norteamericanos, porque se daba cuenta de que ese era su destino verdadero.

Creo que esa comprensión antiimperialista, tan fuerte y tan radical en Fidel, tiene raíces a su vez en [José] Martí, que en la carta que escribe antes de morir a su mejor amigo, Manuel Mercado, también le dice que cuanto había hecho hasta ese día, y lo que tendría que seguir haciendo, era para evitar que los Estados Unidos se extendieran sobre las Antillas con esa fuerza, sobre los pueblos de América.

Eso tienen en común Fidel y Martí: comprender que nuestros procesos y proyectos de liberación nacional, de descolonización y de construcción de procesos emancipatorios necesariamente pasaban por enfrentar el imperialismo, con sus políticas de hostilidad, de saqueo, de opresión, de recolonización, que nunca iban a cesar y que solo podían regularse en función de la capacidad de la fuerza social que nuestros pueblos mostraran.

Pero efectivamente, en un momento de retroceso de las luchas sociales, vemos cómo la extrema derecha y las políticas imperialistas se sacuden todo límite para ir por toda la conquista, en una lógica casi medieval sobre los territorios, el alma, la memoria, los sueños, la vida de la gente. Algo que a ellos les parece menor, periférico, subordinado; en fin, algo que les parece de una lógica natural que corresponde a su misión.

Eso tienen en común Fidel y Martí: comprender que nuestros procesos y proyectos de liberación nacional, de descolonización y de construcción de procesos emancipatorios necesariamente pasaban por enfrentar el imperialismo

Entonces, en primer lugar, ese compromiso antiimperialista me parece fundamental para que no nos perdamos en nuestras causas y procesos nacionales, pequeños y territoriales, que son imprescindibles para construir libertad, democracia y poder para nuestra gente, pero que tendrán que tener siempre la capacidad de unirnos más allá de nuestras naciones, para entender una causa que es la de esa nueva composición de las clases subalternas de este momento: de las clases que siguen siendo explotadas y que tendrán que retomar la conciencia de su lugar en esas relaciones de explotación, en el momento actual.

Voy a mencionar solo algunas ideas que me parecen fundamentales, para no extender mucho la respuesta.

La primera tiene que ver con la comunión con el pueblo: entender desde dónde parte el proyecto de sociedad por el que se lucha. Es esa comunión con el pueblo porque se está dentro de él, y desde él se ve el mundo y se ven las relaciones de explotación; desde él se ven los deseos que se fraguan dentro, incluso esas relaciones que se interiorizan, y también la capacidad de trascender ese lugar y convertirse en sujeto político de su propia transformación. Esa comunión con el pueblo que tenía Fidel —que dialogaba directamente con la gente, que quería conversar con la gente, incluso en grandes actos de movilización, en tribunas, en discursos— convertía todo en una conversación y posibilitaba que el pueblo estuviera atento y sintiera que tenía un canal directo con él. Esto me parece fundamental para repensar el Estado, el poder, las políticas. Y no tiene que ver con personalismos, ni con concentrar la referencia que deben tener los procesos colectivos, sino con el deber de cada referente de reconstruir este tipo de comunión con el pueblo.

En otro sentido, y me parece muy importante, tiene que ver con la unidad que se puede construir más allá de caprichos, eslóganes o consignas: esa capacidad de construir lo universal desde las singularidades que portan las diferentes luchas, esa capacidad de hacer síntesis de una propuesta que asegure los derechos y la expansión de lo humano de todos los grupos y sectores, para crear una nueva sociedad. Fidel también fue capaz de hacer esa síntesis. La unidad no fue una imposición de una fuerza; fue construida con la referencia, con la capacidad de dirección, con el ejemplo, con mirar desde el pueblo y tener capacidad real de liderazgo y de transformación. No creo que estemos haciendo mucho esfuerzo hoy por construir unidad de la izquierda, más allá de algunos esfuerzos que hacemos en momentos coyunturales específicos, en eventos políticos, en procesos electorales; pero después no trenzamos acciones conjuntas para disputar nuestro proyecto. Nos falta, creo, mucho empeño, mucha capacidad y creación para lograr tejer más allá de esos momentos puntuales, que son importantes pero absolutamente insuficientes.

En otro sentido, creo que el internacionalismo de Fidel es esa disposición a entregar la vida por otro pueblo. Hizo de la Revolución una experiencia de vida para las cubanas y los cubanos, una experiencia internacional que le permitió a un sujeto subalterno conocer el mundo entero en muy poco tiempo: comprender las culturas, las lógicas, los modos de vida, sentirse capaz de dialogar con eso, de influir en ello y de ser también impactado por toda esa realidad tan diversa. En pocos años, la sociedad cubana tuvo acceso a todo eso porque fue un pueblo internacionalista el que no solo enfrentó el Apartheid en África, sino que también llevó alfabetización a pueblos que no sabían leer y escribir, llevó médicos a lugares intrincados, acudió a desastres naturales sin preguntar quién dirigía el país, qué partido, qué ideología reinaba. Con un humanismo muy grande, trenzó ese internacionalismo, muy convencido de que los pueblos del sur, sobre todo, teníamos un pasado colonial de muchísimo dolor, y que solo con la fuerza de la unidad podíamos superar —no olvidar, pero sí superar— ese pasado, con la potencia que teníamos guardada en nuestra identidad, en nuestro orgullo, en nuestra historia, en ese caminar. 

Ese internacionalismo no fue algo que Cuba hiciera porque le sobrara o porque pudiera. Siempre hemos sido un país con problemas económicos, con grandes debates sobre su modelo, siempre hemos tenido carencias, siempre hemos tenido límites, y siempre tuvimos la necesidad de profundizar nuestro proceso con mejoras de todo tipo. No fue, entonces, un gesto de altanería: nuestro internacionalismo fue un gesto de humildad, de compartirnos en un proceso inacabado, de construir algo distinto. Ese es un legado de Fidel: ir a buscar al otro y a la otra, y estar dispuestos a hacerlo solo porque vale la pena, solo porque estamos del lado correcto, solo porque es lo justo, lo digno, porque nos hace humanos. Entendernos, reconocernos, abrazarnos. Creo que eso es parte importantísima del legado de Fidel.

[…] creo que el internacionalismo de Fidel es esa disposición a entregar la vida por otro pueblo. Hizo de la Revolución una experiencia de vida para las cubanas y los cubanos, una experiencia internacional que le permitió a un sujeto subalterno conocer el mundo entero en muy poco tiempo

Y fíjate que, al decir que es parte importante de su legado, no estoy queriendo decir que lo tenemos todo claro y resuelto, ni que lo estamos cumpliendo a cabalidad. Creo que tendríamos que reflexionar muchísimo sobre todo esto que Fidel nos deja, sobre todo lo que hizo en la obra —no solo en el relato, en el discurso, en las maneras de pensar, en la formación profunda que tuvo—, sino también en cómo se batalla todo esto en condiciones muy difíciles, en una obra concreta.

Me parece que ahí estarían elementos fundamentales para reconstruir nuestro diálogo con el pueblo: con un pueblo sujeto, un pueblo activo, un pueblo político, capaz de transformar, de participar en su propia emancipación como proceso inacabado y permanente. E intentar que la izquierda entienda la unidad también como un proceso permanente, que no descansa en momentos puntuales de aparente toma del poder, que por supuesto es también un desafío enorme, que se tiene que construir y que no tiene un momento de toma único. Creo que esas son cosas que nos pueden poner hoy a discutir todo el tiempo, con los desafíos que tenemos y con la experiencia que Cuba construyó bajo el liderazgo de Fidel.

Y con esto cierro: su comprensión de que en cada ser humano estaba el proyecto, y por tanto cada sueño, cada deseo, cada realidad que una persona expresaba, era parte del proyecto; y más aún si esta persona podía encontrarse en la retaguardia de la sociedad o en las zonas más vulnerables. Esa persona medía, indicaba, por dónde iba el proyecto. Por eso se ocupó muchísimo de los niños con capacidades especiales, se ocupó muchísimo de las personas con problemas de visión, se ocupó de cada ser humano que pudiera dar, en su propia experiencia, testimonio de lo que significa una revolución.

Si nosotros no logramos entender ese diálogo entre el proyecto y la vida concreta de cada persona, entonces la gente podrá acercarse o no a una abstracción, a una idea más o menos bonita, con más o menos peso y fuerza, pero no entenderá en su propia vida lo que significa la promesa de ese cambio que el proyecto encierra y que el proyecto construye. Creo que ahí estarían lecciones importantísimas que seguir discutiendo sobre el legado de Fidel.

Y luego hay dos cosas más que me parecen muy importantes, aunque no le hablen tanto al contexto actual.

La primera es una curiosidad permanente por aprender, muy vinculada al papel que siempre tuvo como educador. Esa curiosidad significa que estuvo siempre muy comprometido con el desarrollo de la ciencia y la técnica, que tuvo un diálogo muy estrecho con la intelectualidad, con la gente de la cultura y con los científicos del país. Aparecía en las instituciones científicas a cualquier hora, queriendo estar al tanto del detalle de los procesos productivos que se iniciaban en el país; las bases de lo que después permitió construir las trece vacunas que hoy produce Cuba, no solo los candidatos vacunales contra la COVID, sino otras vacunas que Cuba produce gracias a ese desarrollo científico que él siguió paso a paso.

Foto / AP

Ese compromiso por seguir los procesos en detalle está muy vinculado a una curiosidad tremenda y a un deseo de aprender de todo, sobre todo de lo que pudiera formar parte del desarrollo de la sociedad. Y eso se relaciona, para mí, con una vocación pedagógica muy grande, que ejercía constantemente explicando, educando a través de la pregunta, conversando con la gente.

Eso lo pongo también en relación con la segunda cosa que quería mencionar: el tiempo que dedicaba a la conversación, el tiempo que dedicaba a las cosas, el tiempo que las cosas merecen para hacerse bien. Las conversaciones llevan tiempo. Cuando creía que alguien valía la pena, o que compartir o explicar una idea lo requería, no importaba que fueran las dos o las tres de la mañana: recibía a las personas en los momentos y modos más insospechados, más informales, con más detalle y más atención.

Me parece que eso tiene un componente ético y una mirada del mundo que va a lo esencial del ser humano: la prioridad de la conexión, de las relaciones personales, del diálogo directo, del compartir el tiempo, sin atropellar esa labor tan importante. En general, esto funcionaba como un magnetismo alrededor de la gente que lo conocía, que quedaba muy impresionada por esa capacidad comunicativa que él ponía en juego directamente con las personas, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Por eso dormía poco.

Creo que esa avidez por aprender, y esa avidez por comunicarse, por encontrarse con las personas y trasladarles las ideas que lo atravesaban en ese momento, son aprendizajes que podríamos ejercer mejor, aunque quizás no sean exactamente legados para analizar el contexto regional actual.

¿Cómo analizás este momento de asedio por parte de Estados Unidos, y en ese contexto, cómo caracterizás los cambios que anunció el gobierno, en junio [de 2026], para hacer frente a esa situación?

Mira, las políticas de Estados Unidos hacia Cuba han tenido una continuidad desde el triunfo de la Revolución, con ligeros cambios entre administraciones, pero realmente ha sido una política de hostilidad que hoy tiene los rasgos del momento: la barbarie que está viviendo la humanidad, ese imperio medieval que está siendo reconstruido con la figura de Trump, pero que en realidad cuenta con la complicidad de poderes que se subordinan a eso y que no están siendo capaces de demostrar el alcance de la multipolaridad posible del mundo, ni hablar del sueño de un mundo multilateral donde realmente todas las zonas, regiones y países pudieran tener capacidad de influir en los destinos de la humanidad. 

Hoy estamos en un momento de oscurantismo en ese sentido; y Cuba realmente sufre un asedio brutal, casi sin respaldo internacional concreto. O sea, no ha llegado un barco de petróleo más a Cuba desde el barco ruso [Anatoli Kolodkin, arribado a fines de marzo de 2026].

No hay más que muestras de solidaridad de algunos gobiernos. Por supuesto, los gestos del gobierno de México, las contribuciones que ha hecho China a determinados procesos —por ejemplo, la transición energética cubana—, algunos apoyos en términos de alimentos. Creo que hay que reconocer eso, sí, pero en la cuestión fundamental del combustible es muy difícil para los gobiernos desafiar hoy al gobierno de Estados Unidos.

Hoy estamos en un momento de oscurantismo […]; y Cuba realmente sufre un asedio brutal, casi sin respaldo internacional concreto

En ese sentido, Cuba llega a un momento de síntesis de un largo recorrido, donde le ha costado mucho desafiar —en esta actitud de solidaridad y de reconocimiento, pero de relativa soledad— al imperialismo. Hoy eso es realmente muy difícil para un país donde se ha agudizado una crisis que no es la primera que tenemos y que no se debe solamente al bloqueo, pero que hoy tiene una profundización muy grande y que repercute en carencias tremendas para nuestra sociedad.

Las medidas no son estrictamente una respuesta a la agudización de esta crisis, pero sí vienen a darle un alcance y una profundidad mayor a un proceso de transformación y de reorientación del modelo socialista cubano que comenzó en 2011, cuando aprobamos los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido. En esos lineamientos, y en todo lo que vino después —la actualización del modelo, el Plan de Desarrollo [Económico y Social 2030], todos discutidos y aprobados en plenos del Comité Central y en Congresos del Partido, pero también el plan de desarrollo y la actualización discutidos con toda la sociedad—, todo significaba una reorientación del modelo cubano hacia la descentralización territorial. 

Tú sabes que construimos un modelo muy estatalizante, muy estadocéntrico, muy vertical. Ya desde ahí veníamos necesitando —y había un consenso social— ir hacia la descentralización, hacia la socialización. Eso también fue acompañado de otro lugar para el mercado dentro del socialismo, de la forma de gestión no estatal, de la propiedad privada, ya no como algo coyuntural e inevitable de un momento de la historia del país, sino como una estructura, una institución dentro de un modelo, con capacidad de articular relaciones sociales.

Todo eso fue un proceso que llega hasta este momento, y sí, cuando se presentan 176 medidas de un momento a otro, todas a la vez, parece que hay un giro inmediato, un giro grande, una determinación de cambio de modelo muy clara. Es importante ponerlo en su historicidad, para que entendamos también que no se trata de una reacción a presiones de Estados Unidos, aunque es inevitable —y por lo menos en mi perspectiva— reconocer que no hubiéramos querido llegar a este punto.

Nosotros intentamos construir un modelo de igualdad y de justicia social que, si bien tenía déficits democráticos, déficits en cuanto al papel del Estado —que era un papel central; confundimos lo público con lo estatal—, tuvo también déficits en cuanto a la necesidad de horizontalidad en los procesos, a pesar de la participación tan grande que se produjo por parte del pueblo. Concentramos muchísimo las decisiones.

Tú sabes que construimos un modelo muy estatalizante, muy estadocéntrico, muy vertical. Ya desde ahí veníamos necesitando —y había un consenso social— ir hacia la descentralización, hacia la socialización.

Si bien tenemos que transformar todos estos temas, y ya había un consenso claro sobre eso, realmente nada de esto tendría que haber llegado a este punto si lo hubiéramos ido haciendo a tiempo, como debimos: tal reconocimiento de la propiedad privada, tal reconocimiento de la banca privada, esta entrega de la tierra en usufructo, la inversión extranjera directa, o la expansión de los trabajadores que un dueño puede tener, hasta cien. Son elementos que sí marcan mucho las posibilidades de reproducir relaciones de explotación y de reproducir el dominio del capital.

Nosotros, como sociedad, lo que estamos pensando en diferentes grupos y espacios en Cuba hoy es cómo creamos, desde la dimensión de la política, desde la ideología y también desde una concepción de relaciones económicas que sabemos posibles en un país como el nuestro, cortapisas, regulaciones y procesos que pongan control popular a todos estos espacios, a toda esta apertura hacia un modelo que, en abstracto y escrito en papel, se parecería mucho al de cualquier otro país. Con la diferencia y la singularidad que tiene Cuba de haber venido de una hegemonía de sentido socialista, una sociedad con altísimos criterios de justicia concretados en su práctica. De haber tenido la experiencia de la conducción del Partido, que hoy todavía tenemos en Cuba, con un nivel de referencia y de capacidad de organización de la sociedad también alto. De tener un pueblo organizado, un pueblo que ha vivido procesos muy duros de resistencia, de enfrentamiento y de creación, que hoy está cansado, por supuesto, y agobiado con la agudización de la crisis, pero que tiene en su memoria y en su huella toda esa experiencia de vida. Todo eso también es parte del contexto en que se toman estas medidas.

Hay que ser rigurosos en llevar hasta las últimas consecuencias nuestra propuesta del Sistema de Poder Popular como Constitución del Estado. En este momento hay que ser rigurosos también en pensar cómo, políticamente, se favorece un tejido asociativo revolucionario capaz —desde abajo, en los territorios— de impugnar, de controlar, de participar en esos espacios, donde se rinda cuenta de todo ese entramado de formas de gestión que también tendrán que desarrollarse con transparencia y que también tendrán que articularse con las formas estatales.

No hemos tenido antes señales de cómo construir una sociedad socialista; hemos tenido que ir creándola como hemos creído, en condiciones de asedio muy grandes —hoy brutales— y en condiciones de retroceso y de crisis económica muy grande. La preocupación fundamental es que, tomadas en momentos de crisis y en momentos de crecimiento de la migración, de la desigualdad, de patrones demográficos que realmente preocupan en general, estas medidas acrecienten la desigualdad en la sociedad cubana. Puede que haya quien logre aprovecharlas para transformar su experiencia en la Revolución en una experiencia de dueño, y puede que haya quien solo pueda transformar su experiencia de pueblo y sujeto protagonista de la revolución nuevamente en clase subalterna: es decir, en un pueblo condicionado y determinado por condiciones que no puede transformar. 

Hay gente que cree que al fin un modelo realmente inviable podría transitar ahora hacia un modelo viable, con control político y capacidad de organización social. Yo creo que si hubiéramos tomado las medidas de descentralización y de socialización necesarias en los momentos en que debimos tomarlas, para ampliar y profundizar la democracia y el modelo socialista cubano, aún con bloqueo (no hablo del cerco total de este período), no estaríamos en este punto y tendríamos mejores condiciones incluso para enfrentar este asedio criminal. 

  • Periodista y corrector. Participó en diversos procesos de edición, formación, investigación y comunicación. Actualmente escribe para diferentes medios y dirige Litoral Estudio, donde impulsa proyectos transmedia. Corrector y editor del GT-INPI.

Suscríbete a nuestro Newsletter

Recibe directamente en tu correo todos los artículos, cursos, videos, eventos, publicaciones y otras novedades de El Monitor.

Thank you for subscribing!

Please check your email to confirming your subscription.

Descubre más desde El Monitor

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo