Para comprender mejor las raíces de este pensamiento conspirativo, el trabajo examina la obsesión histórica de la extrema derecha con los regímenes racistas en África, y especialmente aquellos con apartheid institucionalizado, como en Sudáfrica y Rhodesia (el contemporáneo Zimbabwe). En ese sentido, el capítulo se divide en los siguientes apartados: (1) una breve reseña histórica de las similitudes y diferencias entre los sistemas coloniales en Sudáfrica y Rhodesia del Sur, y sus relaciones internacionales (diplomáticas y de otro tipo) dentro y fuera de los contextos africanos, con grupos de supremacía blanca; (2) un seguimiento de las respuestas de estos grupos de supremacía blanca al fin de sus respectivas instituciones de apartheid, y la política de la extrema derecha contemporánea y su influencia en los medios de comunicación hegemónicos; (3) un contraste de todo lo anterior con el pensamiento conspirativo, considerando este último como un marco de análisis más adecuado y una faceta poco explorada; (5) una síntesis de lo anterior y una serie de aproximaciones a lo que puede venir después.
La definición de derechas y particularmente de extremas derechas que este escrito trae a colación es una cosmovisión que naturaliza las jerarquías socialmente construidas, lo cual incluye la intersección de clase, raza, género y sexualidad, e idealiza en ello el autoritarismo, así como defiende prácticas de supresión electoral, eugenesia, expulsión migratoria y otras formas de violencia política. En particular cuando está en relación con el supremacismo blanco, defiende una identidad particular nativista, típicamente blanca, cis-heterosexual, propietaria, etc. La extrema derecha nace como un fenómeno propio de la Europa del siglo XX, por lo cual se nutrió y transformó a través de la empresa colonial y el auge de los fascismos. Más recientemente, la extrema derecha ha acentuado su carácter internacionalista, en una proyección de sus defensores como parte de una guerra internacional contra un enemigo global. Como veremos en el presente capítulo, las recientes victorias de la extrema derecha no han sido solo en términos de asunciones electorales y cambios en políticas públicas, sino en una perversa inclusión de sus lógicas en los medios de comunicación hegemónicos (Campos, 2023, pp. 894–895).
Los sistemas coloniales en la contemporánea Sudáfrica y Zimbabwe se construyeron alrededor de la misma empresa privada y sus proyecciones de explotar los depósitos minerales de la región. Aún más, se trató de los mismos arquitectos, particularmente la Compañía Británica de Sudáfrica (South African British Company) y Cecil Rhodes, con la salvedad de que la historia colonial de Zimbabwe fue una consecuencia directa del antecedente colonial sudafricano, teniendo el mismo carácter privatizado. No obstante, la historia del África Austral tiene una escala temporal mucho más amplia que esta inserción colonial británica inicial.
El espacio socioambiental que siglos después sería disputado por los colonos blancos en detrimento de las poblaciones locales khoi-khoi y khoisan fue un legado directo de una historia más larga del movimiento de poblaciones africanas bantú-hablantes que se asentaron allí, con conocimientos de la metalurgia, ganado y agricultura (principalmente sorgo y mijo) y eventualmente del desarrollo de sociedades estatales con dinastías propias. Esos sistemas sociales empezaron un proceso de desestructuración y refundación que se conoce como Mfecane, a mediados del siglo XIX, que llevó a los comienzos de nuevos imperios. A través de siglos de domesticación del ambiente, las personas nguni o proto-zulú, habitantes de las tierras altas, valles y adyacentes de los ríos, cambiaron la región a su fisonomía contemporánea, a través del uso de roza y quema, haciendo retroceder a los bosques naturales para dar paso a grandes extensiones de césped nutritivo y resistente a las heladas, que beneficiaron el desarrollo de economías pastoriles (Ngcongco, 2000, pp. 90–92).
Fue en este contexto, posibilitado por la gradual domesticación del ambiente y eventual reorganización societal y expansión militar, que comienza la colonización holandesa en África Austral. La economía mercantilista holandesa fue precedida por los avances de los intereses portugueses en el territorio hacia 1488, y el establecimiento de nodos comerciales de trueque con las poblaciones locales. La ocupación holandesa en sí fue protagonizada por la empresa privada Compañía Holandesa de las Indias Occidentales (Dutch West India Company), en lo que eventualmente sería nombrado como Ciudad del Cabo (Cape Town). Un temprano sistema de segregación racial fue establecido no necesariamente de forma premeditada, sino como consecuencia de la confluencia de políticas incoherentes impuestas por la Compañía en búsqueda de lucro, sin un respaldo del gobierno metropolitano (financiera o políticamente). Ello también llevó a la imposición de fuerza de trabajo cautiva en detrimento de la libertad de movimiento de las comunidades khoi-khoi y khoisan (Varela, 2000, pp. 74–75). Si bien el rol inicial de la factoría era servir como un nexo para el aprovisionamiento de bienes alimenticios (agua, vegetales, grano y carne) entre los territorios centrales de la Compañía establecidos entre Ámsterdam (Holanda) y Batavia (Indonesia), rápidamente se transformó fundamentalmente en su carácter. Ello resultó de una serie de prácticas, como la corrupción, violencia sistemática y políticas de apropiación territorial en detrimento de las poblaciones africanas autóctonas.
Aún más, debido al estatuto autónomo de los trabajadores contratados y de ascendencia europea, que desde 1657 fueron llamados freeburghers, se terminó fomentando la expansión de la frontera agrícola más allá de Ciudad del Cabo y trascendiendo los límites a la producción impuestos por la Compañía. En todo ello, fue primordial la labor de trabajadores captivos o personas semi-esclavizadas que pertenecían a las comunidades africanas locales, y fue lo que permitió esta diversificación de la economía colonial. Habiendo fallado estrepitosamente el proyecto de establecer una agricultura intensiva similar al sistema europeo coetáneo, todas las características anteriores se reforzaron a través de la producción ganadera (Varela, 2000, pp. 82–84).
Si bien no hubo una implantación formal y jurídica de una economía esclavista en la colonia de Ciudad del Cabo, el trabajo productivo fue hecho por las poblaciones autóctonas captivas y su reproducción natural, a la vez que la base agroganadera fue fomentada por la expropiación sistemática de las tierras comunales y la importación de personas esclavizadas de ascendencia africana provenientes de Angola, Mozambique y Guinea, así como poblaciones de Java e India. La confluencia de todos los factores anteriores y particularmente alrededor de la cuestión del pastoreo, llevó a dos “conflictos” por la resistencia khoi-khoi contra la Compañía Holandesa de Indias Occidentales en el periodo 1658-1660 y 1673-1677, y la crisis política de 1705-1707.
Este última implicó una confrontación entre los burócratas de la Compañía (que tenían acceso diferenciado a mejores tierras de pastoreo, ganado, personas esclavizadas y privilegios en el mercado y transporte naval) y los freeburghers (principalmente granjeros agrícolas que estaban siendo afectados negativamente por el monopolio comercial y la fijación de precios de los bienes producidos). La importancia de este acontecimiento es que trajo consigo la primera enunciación pública de la identidad afrikaneer, así como terminó cimentando las dinámicas de endogamia y expansión demográfica naturales en un sistema cerrado entre las poblaciones blancas de la colonia (Varela, 2000, pp. 108–110). Esto coincide con una fuerte presencia religiosa por parte de los calvinistas y su noción de predestinación divina entremezclada con las identidades de los colonos blancos y una particular concepción territorial del África Austral (Du Toit, 1991). Si bien ya había ocurrido el establecimiento de las “reservas” e “impuestos” en forma de trabajo forzoso para personas bantú-africanas en 1894, esto se consolida en 1913 con la Ley de Tierras, que dispone para la mayoría de la población -no-blanca- solo el 13% de la tierra (y siendo estas mayoritariamente poco fértiles) (Cabanillas, 2009, p. 25), y con la institucionalización formal del apartheid en 1948 (Plumelle, 2020, pp. 197–198).

En el caso de Zimbabwe, hubo una introducción aún más frenética de colonos blancos, así como la implementación del mismo sistema coercitivo y de explotación en detrimento de las comunidades africanas y negras locales. Esto diferenció al sistema colonial zimbabwense de otros, en el carácter rápido y complejo de su estructura de colonización, que claramente fue informado por la experiencia colonial sudafricana (Varela Barraza & Ruiz, 2013). En esta línea, el sistema colonial de Rhodesia del Sur estableció el Departamento Nativo Rhodesiano (Rhodesian Native Department), que cooptó a los jefes locales ndebele como burócratas menores sirviendo a la reproducción del sistema colonial de explotación (Bonello, 2010), y simultáneamente cimientan de forma lenta una identidad de las personas de ascendencia europea como blancos y colonos con autonomía, que les diferenciaba tanto de las comunidades locales africanas y negras, así como de sujetos blancos del resto del Imperio británico (Boender, 2021). La compañía privada finalmente tomó posesión de la tierra, también en búsqueda de los minerales, tras derrotar la rebelión matebele en 1896. Relacionado con esta retroalimentación con Sudáfrica, incluyendo la creación de una identidad blanca particular, mucha de la inmigración a finales del siglo XIX no solo procedía de clases medias y altas urbanas de ascendencia europea por las oportunidades de minería, sino también de granjeros empobrecidos afrikaneer y sus familias (Bonello, 2010, p. 345). Eso rápidamente impone un sistema formal de segregación racial como el apartheid sudafricano, con la expulsión de la población local africana de sus tierras y el acorralamiento de esas comunidades en “reservas”, no solo para la explotación agroganadera sino también para la minería de oro. El fin de la concesión privada en 1923 trajo en su lugar la imposición de Rhodesia del Sur como una colonia privada con su propia autonomía.
En 1913 con la Ley de Tierras, que dispone para la mayoría de la población -no-blanca- solo el 13% de la tierra (y siendo estas mayoritariamente poco fértiles) y con la institucionalización formal del apartheid en 1948
Brevemente, en el período de 1953-1963, Rhodesia del Sur fue parte de la Federación de África Central (Central African Federation), como parte de los territorios coloniales británicos en la región (junto a Rhodesia del Norte y Nyasalandia, la contemporánea Zambia y Malawi respectivamente). Fue en 1965 cuando una minoría de colonos blancos detrás del Frente Rhodesiano (Rhodesian Front), unilateralmente declaró la independencia como Rhodesia, en parte como respuesta a la Crisis del Congo y frente a la proliferación de luchas anticoloniales exitosas de norte a sur en África (Boender, 2021). De forma paradójica, la Declaración Unilateral de Independencia de Rhodesia (UDI, por sus siglas en inglés) significó la consolidación de una ruptura de esta población sectaria de 250.000 personas blancas, que se identificaban a sí mismos como “rhodesianos”, respecto al poder de la Corona británica, lo cual trajo consigo la condena por parte de esta última. Hasta ese momento, esa minoría autoidentificada como blanca había mantenido buenas relaciones con el Imperio británico, en contraste con la población afrikaneer de Sudáfrica (que había quebrado sus conexiones con la matriz colonial británica ya hacía tiempo) y aun cuando la colonia rhodesiana ya había ganado el carácter autónomo desde 1923.
En este sentido, esta reafirmación de la minoría de la Rhodesia-UDI necesitó de apoyarse en fragmentaciones de una comunidad internacional que era progresivamente más antagónica hacia la continuidad de los sistemas segregacionistas. Justificándose a sí mismos por una supuesta lucha anticomunista contenida en ello, el gobierno de Rhodesia-UDI buscó el respaldo de figuras del lobby en Estados Unidos y partes de Europa, tratando de circunnavegar los boicots de gobiernos liberales y occidentales, así como nuevos Estados africanos independientes interesados en la descolonización de toda el África Austral. Vemos aquí ya los antecedentes de la formación de una línea de solidaridad trasnacional del supremacismo blanco, en defensa de un proyecto de apartheid. Cabe reafirmarse que la mayor parte de la población africana que peleó en la insurgencia contra el gobierno de Rhodesia-UDI eran pobres y de extracción rural, mientras que la minoría blanca tenía el apoyo militar, logístico y propagandístico del gobierno sudafricano del apartheid (y por extensión, Israel), así como una serie de grupos supremacistas blancos heterogéneos alrededor del mundo. En este sentido, en el contexto británico, el lobby rhodesiano para conseguir respaldo internacional trajo un debate político con el Partido Laborista (Labour Party) y los movimientos antiapartheid, mientras que en suelo estadounidense hubo una instrumentalización de la nostalgia sureña por las políticas de segregación racial que estaban siendo rechazadas abiertamente por el movimiento de derechos civiles (Boender, 2021). Asimismo, varios grupos políticos provenientes de Canadá excusaron o directamente financiaron económicamente los sistemas de apartheid de Sudáfrica y Rhodesia-UDI (Langford, 2023). En esa línea, la manutención del sistema de apartheid sudafricano dependió cada vez más de sus relaciones con Israel, fundado en 1948, que incluyó, pero no se limitó, a la venta de armas (Plumelle, 2020, p. 248).
En el caso zimbabwense, esto rápidamente llevó a una guerra anticolonial basada en tácticas de guerrilla en el período 1965-1980, con el liderazgo de la Unión Africana Nacional de Zimbabwe (ZANU, por sus siglas en inglés) y la Unión del Pueblo Africano de Zimbabwe (ZAPU, por sus siglas en inglés), la primera con una mayoría de afiliados ndebele y la última con el soporte de la comunidad shona, contra el régimen racista del Frente Rhodesiano y su gobierno ilegítimo. Aun cuando en 1979 el Acuerdo de la Casa Lancaster (Lancaster House Accord) puso fin a la guerra anticolonial, bushwar o chimurenga, el ascenso al poder de Robert Mugabe con la coalición ZANU(PF) no trajo consigo la materialización de las reformas proyectadas por el más amplio movimiento anticolonial zimbabwense. Asimismo, la victoria institucional de la ANC en Sudáfrica en 1994, que había sido precedida por siglos de resistencia africana austral y décadas de apelación a la participación política de las mayorías racializadas y una breve lucha armada, no implicó una transformación estructural del sistema socioeconómico heredado por décadas de apartheid institucionalizado. Para 1996, la población blanca sudafricana controlaba el 87% de la tierra, y para 2012 seguían controlando casi el 70% (Akinola, 2021, p. 66). En el caso de Zimbabwe esto tuvo mayor cobertura en los principios del 2000, cuando una continuada negativa del gobierno británico de financiar la propuesta de reforma agraria de Mugabe, como se había establecido en los mencionados acuerdos de Lancaster de 1979, terminó llevando a un fracaso en la implementación debido a los meros 44£ millones de libras cedidos a lo largo de décadas; ya para 1997 no solo no se habían cumplido las expectativas sino que trajo consigo la negativa de Gran Bretaña de continuar acompañando económica y logísticamente el proceso de restitución. Teniendo en cuenta los costos que una completa compensación implicaría, esto llevó de facto a una serie de apropiaciones de tierras fértiles de forma heterogénea, violenta y desorganizada (Mhaka, 2020). En este sentido, los cambios en la infraestructura y desigualdades en el acceso a la tierra no cumplieron las expectativas del movimiento anticolonial sudafricano. En estos dos casos, la tierra constituyó un recurso artificialmente sustraído de las poblaciones negras-africanas en función de un proyecto de colonias de ocupación, y donde las respectivas reformas agrarias proyectadas por los movimientos de liberación nacional no se concretaron efectivamente por una miríada de factores endógenos y exógenos.
Para los dos casos analizados aquí, se hizo una breve contextualización histórica del colonialismo europeo del siglo XIX y cómo ello creó los legados específicos de apartheid en cuyo seno nacieron los Estados independientes africanos en cuestión. Ello se realizó en función de contrarrestar la perspectiva ahistórica que caracteriza a las narrativas conspirativas alrededor de Zimbabwe y Sudáfrica, que por necesidad tiende a ser una historia parcial que beneficia una mirada desde el supremacismo blanco. Como veremos más adelante, paradójicamente frente a esta historia de usurpación colonial, los grupos supremacistas blancos, dentro y fuera del África Austral, al presentarse a sí mismos como minorías políticas y raciales, y por ende perseguidas, pueden justificar sus reivindicaciones como buscadores de asilo a gobiernos occidentales extranjeros y reivindicar simultáneamente la instalación de un etnoestado blanco. Este último proyecto racista, en su propia génesis, contiene la expulsión de la alteridad a través de la negación de ciudadanía, prácticas eugenistas, prohibición de matrimonios mixtos, etc. Es decir, una vuelta a la fisonomía del apartheid, hacia el cual exhiben una forma de nostalgia imperialista y específicamente sobre el mandato blanco (Brownell, 2020).
Teniendo en cuenta todos los antecedentes descriptos sobre los sistemas de apartheid en el África Austral que sobrevivieron hasta finales del siglo XX, emanaron desde estas propias formaciones societales africanas poscoloniales una serie de grupos supremacistas blancos, concentrándose específicamente en Sudáfrica. Entre ellos, destacamos a: la organización paramilitar de afrikaneers blancos Kommandokorps, fundada en el 2000 por el oficial retirado de la Sudáfrica del apartheid Franz Jooste, que entrena en una ideología militarista y conspirativa a jóvenes varones blancos sudafricanos (Van Gelder, 2015); Weerstandsbeweging (Movimiento de resistencia afrikaneer) (AWB) fundado en 1973 por el supremacista blanco Eugène Terre’Blanche (expolicía de la Sudáfrica del apartheid) y de inspiración neonazi, todavía activo aún tras un arresto masivo por un intento de ataque a barrios mayoritariamente negros-africanos en 2010, en el contexto del mundial de fútbol (Ware & Campbell, 2020); el Movimiento de Resistencia Cristiana Nacional o los Cruzados (NCRM), cuyos integrantes, incluyendo al líder Harry Johannes Knoesen, fueron arrestados por un intento de atacar espacios públicos por razonamientos racistas en 2019 (Deutsche Welle, 2019), y Suidlanders, fundado por Gustav Müller en 2006 y siendo su principal vocero Simon Roche, destacándose este último por sus interrelaciones internacionales con el conservadurismo estadounidense, australiano y neozelandés, entre otros (Gedye, 2018). Todos estos, más allá de algunas diferencias operativas, pueden considerarse dentro de una tradición de la extrema derecha que se ha denominado como aceleracionismo (accelerationism), por el cual una serie de ataques combinados con preparacionismo (survivalism/prepper) llevaría a un pronto colapso societal y guerra racial (race war) (Evans & Davis, 2021).
Al presentarse a sí mismos como minorías políticas y raciales, y por ende perseguidas, pueden justificar sus reivindicaciones como buscadores de asilo a gobiernos occidentales extranjeros y reivindicar simultáneamente la instalación de un etnoestado blanco
Estas relaciones comienzan ya en la década del setenta y ochenta, con la revitalización de la derecha en Estados Unidos (también llamada nueva derecha), la doctrina neoliberal y el refuerzo de la oposición a supuestos centros de propagación comunista, reconociendo como enemigos comunes a los movimientos anticolonialistas armados (Africa is a Country, 2015). Primero, concibiéndoles como gobiernos fallidos liderados por personas negras-africanas con tendencias izquierdistas, y, segundo, como una respuesta desde una especie de nostalgia imperialista hacia los proyectos del supremacismo blanco en África Austral. Esta interpretación parcial, conspirativa y desinformada de la realidad sociohistórica de la región ha nutrido los justificativos ideológicos de perpetradores de masacres ligados al supremacismo blanco, y este ha sido un proceso de retroalimentación ideológico, pero también operacional.
Dejando atrás una noción simplista de estos de las masacres cometidas en nombre de ideologías racistas como “lobos solitarios” (lone wolves), que había permitido mantener la fachada de separación de cualquier pertenencia ideológica u organizacional y conceptualizar a los perpetradores como individuos aislados y con una patología mental (Africa is a Country, 2015), la reciente proliferación de investigadores independientes, mucho de ellos/as aliados a un espectro antifascista y que utilizan fuentes de acceso abierto (OSINT, por sus siglas en inglés) ha matizado ello. Al inquirir sobre el terrorismo fascista y supremacista blanco en contextos estadounidenses y europeos, se ha discernido un mecanismo de retroalimentación en un carácter mimético, en una especie de terrorismo aspiracional (Evans & Davis, 2021).
Así, muchos de los perpetradores de acribillamientos masivos (mass shootings) se han justificado a sí mismos y sus acciones como respuestas “necesarias” a lo que ven como un genocidio blanco global, y particularmente en Zimbabwe y Sudáfrica, así como han tomado inspiración entre sí. Por ejemplo, Brenton Harrison Tarrant dijo haber sido inspirado por crímenes de odio de otros supremacistas blancos como Dylan Roof y Anders Breivik, quienes a la vez fueron sugestionados por las catorce palabras del neonazi David Lane, la propaganda supremacista “Los Diarios Turner” (The Turner Diaries) y el criminal de guerra serbio Radovan Karadžić (Evans, 2018, 2019). Un denominador común en estos asesinos poco estudiado en la academia ha sido el marco de la teoría conspirativa del genocidio blanco en Sudáfrica y una nostalgia por Zimbabwe, viéndose a sí mismos como operadores autónomos que contratacan frente a lo que entienden como una campaña de exterminio más amplia contra una imaginada minoría blanca, lo cual fue compartido, con sus particularidades, por los mencionados Breivik, Roof y Tarrant, que reinterpretaron los escritos racistas del supremacista blanco Lane.
Esta noción de un reemplazo demográfico/cultural en detrimento de gente de pretendida pertenencia/ascendencia “blanca/europea/occidental” por acciones directamente concertadas por una pequeña élite, inspirado por las catorce palabras, se pretendió académico con los escritos del racista y teorizador conspirativo Renaud Camus, y posteriormente fue popularizado por la influenciadora (influencer) fascista Lauren Cherie Southern. Esta última se concentró particularmente en el supuesto caso sudafricano a través de un “documental” titulado Farmlands (2018), que protagonizaba a Simon Roche, mencionado expositor del grupo de odio afrikaneer Suidlanders, el cual también fue entrevistado en una serie de videos de YouTube por parte del fascista Stefan Molyneux (Ward, 2018). La transición desde la conspiración de un genocidio blanco a un Gran Reemplazo y nuevamente a una idea de genocidio blanco ha sido la manera de popularizar y normalizar un discurso que hace unas décadas se hubiera considerado inaceptable en la política institucional, y lo cual puede retrotraerse temporalmente aún más a la noción del suicidio racial de principios del siglo XX (Ansah, 2022, p. 3).
Una de las consecuencias de esa pretendida despolitización (whitewash) por parte de los medios hegemónicos frente a la oleada de crímenes de odio ha sido la reproducción sin una mirada crítica o contextualización de estas narrativas de los perpetradores, y por ende de sus teorías conspirativas. Por ejemplo, Tarrant, el perpetrador de la masacre de la mezquita de Christchurch (Nueva Zelanda) en el 15 de marzo de 2019, envió una proclama (manifesto) que muchos periodistas no entendieron completamente y reprodujeron en su completitud. Este era más bien una combinación discursiva deliberada, en su carácter obtuso y ambiguo, es decir, esotérico, rasgo característico del fascismo. Esto combina una especie de “doble discurso” (double-speak) lleno de “silbatos de perros” (dog-whistles), que se ha venido desarrollando en las últimas dos décadas a través de foros en línea que han perfeccionado un tipo específico de discurso racista, antisemita y misógino. En ello, la cobertura mediática tradicional ha terminado reproduciendo una variedad de estos términos y falsedades contenidos en proclamas como estas, que combinan referencias a una retórica de exterminación para aquellos que lo entienden y que es fácilmente incorporable y atractivo para aquellos que no; muchos de los defensores de estas teorías conspirativas y miembros de grupos de odio celebraron que la difusión de este escrito implicara un “quiebre de la contención” (breaking containment) de los foros niche donde se habían originado (Evans, 2018).
En este sentido, ya antes del relajamiento de los mecanismos de denuncia y protocolos de posteo en Twitter (ahora X) que comenzaron tras el cambio de liderazgo a finales de 2022, esta plataforma ha venido siendo la predilecta para la propagación de discursos de odio por parte de grupos supremacistas blancos y particularmente de la teoría conspirativa del genocidio blanco, desde Sudáfrica (Barraclough, 2020), pero más ampliamente ideologías de extrema derecha (Paton et al., 2022), lo cual necesariamente se retroalimenta de accionares colectivos en espacios públicos, como marchas políticas pero también estas masacres en defensa del supremacismo blanco. Mucho de esto a su vez se explica por el entrecruzamiento y mudanza de influenciadores de la extrema derecha entre redes sociales por las posibilidades de monetización y bloqueos de sus usuarios tras la visibilización de su violación sistemática de políticas de privacidad y convivencia. Cada vez más, Facebook ha quedado detrás como forma de movilización en los espacios públicos, en parte por su alta visibilidad tras el intento de golpe de Estado del 6 de enero de 2021 en el Capitolio estadounidense y purga de grupos asociados a ello por Meta para limpiar su imagen, a la vez que otras plataformas como Parler perdieron soporte técnico por su uso como plataforma de comunicación en la coordinación de este ataque (Chen et al., 2023); la contrapartida ha sido una enorme mudanza de grupos de extrema derecha a Telegram y X (Evans & Davis, 2021).
En esta línea, podemos ver una combinación ecléctica o esotérica de inspiraciones que no implican una ideología dogmática y bien estructurada, sino una serie de referencias a un “medio sectario” (cultic milieu) de ideales fascistas, nazis y supremacistas blancos (Kaplan & Lööw, 2002). Más recientemente, y de importancia para este capítulo, este medio sectario se ha concentrado en la teoría conspirativa del “genocidio blanco” como principal narrativa, enfatizándola espacialmente en Sudáfrica y Zimbabwe, donde este imaginario parcial y racista ha reinterpretado los intentos de reformas agrarias y la posición de la masa campesina blanca como parte de un más amplio proyecto de exterminación en su contra.
Si bien dilucidar un esquema general de la compleja red que se ha construido en las últimas décadas por parte los cómplices en propagar los ideales del supremacismo blanco en torno a la apropiación discursiva en los contextos excede a los objetivos de este capítulo, trataremos de hacer una aproximación a sus aristas. Desde Sudáfrica, uno de los principales cuerpos que han cimentado las relaciones entre África Austral y la extrema derecha internacional ha sido Afriforum, un grupo de lobby de inspiración afrikaneer con una oposición acérrima contra el partido oficialista sudafricano. Este se ha concentrado particularmente en las proyecciones de reforma agraria, a partir del 2018, tras los anuncios del presidente sudafricano Cyril Ramaphosa, con una cobertura mediatizada y politizada como teoría conspirativa, que ha sido reproducida acríticamente por plataformas de noticias como la BBC y The Wall Street Journal, así como figuras políticas de Estados Unidos, Nueva Zelanda, Canadá, Gran Bretaña, Australia y Suecia (Bueckert, 2018).
Debido a estas diferencias temporales, podemos decir preliminarmente que Sudáfrica ha continuado formando parte de las teorías conspirativas de un genocidio blanco más amplio, mientras que las escrituras de la extrema derecha sobre Zimbabwe se han concentrado en los imaginarios nostálgicos sobre Rhodesia (Brownell, 2020), como puede verse en las asociaciones simbólicas que han establecido con ese espacio imaginado los mencionados asesinos como Roof (Ismay, 2018) y más recientemente el atacante racista de Jacksonville en 2023 (Ortiz & Dienst, 2023).
Todo esto es parte de cómo África ha sido, repetidas veces, utilizada como una excusa para hablar de otra cosa, ignorando sus particularidades como espacio con su propia agencia e historicidad (Mbembe, 2001). En este caso, Zimbabwe y Sudáfrica se han instrumentalizado para sustentar una teoría conspirativa y nostalgia de la extrema derecha internacional, cuyo objetivo último es un proyecto genocida propio contra poblaciones no-blancas, utilizando el supuesto estado de emergencia en tanto comunidades en peligro de ser exterminadas. En este sentido, el expresidente estadounidense judicializado Donald Trump usó su poder ejecutivo para presionar a su gobierno para revisar los proyectos de reforma agraria en Sudáfrica y la supuesta matanza selectiva de granjeros blancos en ese país en 2018; al mismo tiempo, esta decisión había sido influenciada por la normalización y mediatización de la teoría conspirativa del genocidio blanco por parte de Fox News y particularmente el infame comentarista Tucker Carlson (Bueckert, 2018; Wilson, 2018). Más recientemente, en 2022 con la elección de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, se dio la ascensión al máximo poder ejecutivo de una defensora de esta teoría conspirativa en una de las economías más grandes de Europa (Vohra, 2023). Por último, Elon Musk, dueño de X (otrora Twitter) y una de las personas más ricas globalmente, expuso en 2023 en sus redes “preocupación” por el genocidio contra granjeros blancos en Sudáfrica, lo cual fue celebrado por Nicholas Fuentes, comentarista neonazi, y Patrick Casey, cofundador del grupo supremacista blanco Identidad Europa (Identity Evropa), entre otros (Breland, 2023).
Como señalan varios/as académicos como Akinola (2021) no hay bases reales para la acusación de un proceso genocida en Sudáfrica. Aunque efectivamente podemos hablar de altos índices de criminalidad y parte de ella ha estado centrada en crímenes violentos contra individuos y familias en medios rurales, no hay una correlación entre la identidad racial de las víctimas y los victimarios en las líneas que los defensores de esta teoría conspirativa han propuesto. Más bien, vemos ataques esporádicos a granjeros aprovechando su desprotección, lejanía de centros neurálgicos y el carácter foráneo de los propios atacantes respecto a esas comunidades agrarias (van Zyl-Hermann & Verbuyst, 2022), que han sido mediatizados y arrancados de su contingencia para ser parte de una narrativa conspirativa más amplia (Steyn, 2019), promulgada por imágenes gráficas que sirven bien a los algoritmos de las plataformas sociales (Barraclough, 2020).
No hay una correlación entre la identidad racial de las víctimas y los victimarios en las líneas que los defensores de esta teoría conspirativa han propuesto
Pero si esta teoría conspirativa del genocidio blanco no tiene una correlación empírica, queda por analizar desde algún marco la rápida propagación de este medio sectario por parte de las extremas derechas contemporáneas. En este sentido, se propone abordarles desde el pensamiento conspirativo como principal lógica que rige su funcionamiento contemporáneo. Lo anterior es nutrido por tres consideraciones exógenas a África Austral, pero que han afectado la fisonomía de su extrema derecha y las lecturas del supremacismo blanco sobre estos espacios africanos. Primero, las dinámicas de la política estadounidense, particularmente en su carácter conspirativo/paranoico, y cómo esos modos de construir y reproducir el poder político institucionalizado se han diseminado en otros sistemas políticos alrededor del mundo, promoviendo un pensamiento de persecución (Hofstadter, 1996), que han tenido la forma de, pero no se han limitado a, grupúsculos con prácticas aceleracionistas y secesionistas. También se han visto en la política institucional de Nueva Zelanda, Italia, Brasil y Argentina, los cuales, aun teniendo sus propios sistemas de discriminación, xenofobia, racismo y LGBT-fobia, han caído en formas contemporáneas de noticias falsas y teorías conspirativas, formateadas a cierta fisonomía del caso estadounidense.
Segundo, las formas en que los algoritmos de las plataformas sociales han promovido los discursos de odio y el pensamiento conspirativo en búsqueda de mayor actividad (engagement) por parte de los usuarios sin considerar las consecuencias o hacerse responsables de la veracidad del contenido publicado y compartido en sus páginas; como hemos visto, esto es uno de los principales canales de comunicación en el que los diálogos, diseminación y planificación de crímenes de odio alrededor del medio sectario del genocidio blanco han tenido lugar.
Tercero, dos puntos de inflexión, representados por 2016 y 2020, con la asunción del enjuiciado expresidente Trump en Estados Unidos y el establecimiento de restricciones sanitarias en torno al COVID-19 así como las protestas antirracistas catalizadas por el asesinato de George Floyd, respectivamente. Estos representan puntos de quiebre de la extrema derecha como respuesta a la asunción y celebración popular de nuevos movimientos sociales antirracistas y feministas mundialmente, así como frente a los intentos de censurar discursos de odio a través de la expulsión de sus figuras representativas de las redes sociales; esto, lejos de debilitar a los supremacistas blancos trasnacionales, ha implicado una mutación en su intento de no perder terreno en el plano político y cultural (Evans, 2018, 2019).
Por último y en consideración de todo lo anterior, en este apartado abordamos al pensamiento conspirativo como marco para entender las formas en que este medio sectario se relaciona con las falsedades e instrumentalización de este supuesto genocidio en proceso. Este segmento debe mucho a los trabajos periodísticos de Garrison Davis y Robert Evans de It Could Happen Here (2024), y sus investigaciones sobre el pensamiento conspirativo contemporáneo en la política estadounidense y crímenes de odio por parte de sus defensores.
Siguiendo esta línea, examinaremos los cuatro grandes pilares del pensamiento conspirativo, con los aportes de van Prooijen y Douglas (2018), y le compararemos con este medio sectario. Primero, las teorías conspirativas son consecuentes, en el sentido de que tienen consecuencias reales en el individuo y el mundo social de las personas que creen en ello (van Prooijen & Douglas, 2018, pp. 889–890), que puede verse en el perfil de muchos de los perpetradores de violencias y masacres de odio, que tienden a ser varones cis, blancos y heterosexuales abyectos que han caído en ideologías de odio que motorizan sus propias acciones y pensamientos conspirativos (Evans, 2018). Aún más, en este sentido consecuente, distintas teorías conspirativas tienen a solaparse entre sí, en el sentido de que hay una interrelación dentro del medio sectario con otras formas de discursos de odio, no solo racial contra las personas africanas y afrodescendientes, sino también antisemitismo, racismo hacia personas asiáticas y del pacífico (AAPI, por sus siglas en inglés), anticomunismo, xenofobia y transfobia, entre otros (The Busting Team, 2021).
Segundo, las creencias conspirativas son universales, en el sentido de que no hay ningún grupo, en términos demográficos, etarios, nacionales, étnicos o de género/orientación sexual que sean más susceptible a estas formas de pensamiento conspirativo (van Prooijen & Douglas, 2018, p. 891); este aspecto puede verse en el supremacismo blanco trasnacional y cómo la identidad blanca/occidental va más allá de fronteras específicas, étnicas o nacionales, siempre y cuando se compartan supuestamente unos valores contradictorios (Bueckert, 2018), pero también cómo tienden a volverse una lógica de pensamiento posible en nuestra política institucional contemporánea (Campos, 2023).
Tercero, los pensamientos conspirativos son emocionales, en el sentido de que van más allá de objetivos analíticos y objetivos, por más que pretenden estar gobernados por una lógica racionalista; más bien están basados en la intuición y posteriormente son justificados por una lectura parcial de historicidad elemental y grupos de afinidad, que reafirman estas creencias pilares, en un ciclo de retroalimentación (van Prooijen & Douglas, 2018, pp. 901–902). Esto tiene relación con las formas en que se han instrumentalizado a las plataformas digitales en la circulación y refuerzo de ciertas teorías conspirativas, beneficiadas por el funcionamiento interno de los algoritmos en la propagación de estas narrativas, acompañadas muchas veces de noticias falsas e imágenes intencionalmente shockeantes (Barraclough, 2020).
Cuarto, las creencias conspirativas son sociales, con lo cual se refieren no solo al carácter colectivo de su construcción, sino también a cómo los conflictos internos a estos grupos sumidos en el pensamiento conspirativo tienden a reflejarse hacia el exterior (van Prooijen & Douglas, 2018, pp. 903–904); esto puede ser visto en cómo muchos de los problemas estructurales legados del carácter inconcluso de la transformación posindependentista de Zimbabwe y Sudáfrica, incluyendo falta de una reforma agraria, pobreza y altos índices de crímenes violentos, son instrumentalizados por los supremacistas blancos. En este sentido, paradójicamente, su denuncia de las condiciones societales poscoloniales no se hace en función de cambios estructurales que beneficien a la mayoría de la población, sino en una nostalgia imperialista por el apartheid que instrumentaliza la victimización, a la vez que los propios supremacistas blancos tienen un proyecto propio de genocidio físico y cultural contra las poblaciones no-blancas, particularmente en sus formas de grupos aceleracionistas, transformando en un arma esas ansiedades de pérdida de poder y autoridad.
El presente capítulo intentó hacer una aproximación a una compleja red discursiva transmediática que los supremacistas blancos han construido alrededor del medio sectario centrada en un supuesto genocidio blanco que se estaría llevando a cabo Zimbabwe y Sudáfrica, a través de una visión instrumentalizada, parcial, ahistórica y racista sobre estos espacios africanos. Estas narrativas emanan de una extrema derecha trasnacional, que incluye a grupos minoritarios blancos dentro de Sudáfrica y una comunidad foránea de defensores de la imaginación sobre Rhodesia fuera de Zimbabwe, que han construido una nostalgia imperialista en torno al sistema de apartheid, y se han retroalimentado con una combinación esotérica de exponentes, terroristas e influenciadores que utilizan las redes sociales para sus proyectos políticos.
En una mixtura ecléctica de anticomunismo, racismo, antisemitismo y búsqueda de financiamiento, una parte de la extrema derecha internacional, mayoritariamente angloparlante y basada en Estados Unidos ha utilizado al símbolo/cifra (cypher) de estos dos Estados africanos para mantener una teoría conspirativa de larga data. La teoría conspirativa del genocidio blanco, que es una expresión de las ansiedades occidentales y blancas, se ha visto recientemente revitalizada por la despolitización y aceptación mediática de la conspiración del Gran Reemplazo y las victorias políticas de candidatos/as que directa y abiertamente defienden estas creencias conspirativas, como en Italia y España. Así, ciertos grupúsculos de culturas de internet han alimentado ideológicamente a una extrema derecha fragmentada en un prisma de terroristas inspiracionales y un discurso obtuso y esotérico, pero también han logrado lentamente ser aceptados en política y cobertura mediática convencionales, principalmente en países occidentales y teniendo como nodo a Estados Unidos.
Sudáfrica ha continuado formando parte de las teorías conspirativas de un genocidio blanco más amplio, mientras que las escrituras de la extrema derecha sobre Zimbabwe se han concentrado en los imaginarios nostálgicos sobre Rhodesia
Todo lo anterior ha ido en detrimento de un mejor entendimiento del África Austral poscolonial, sus contemporáneos sistemas políticos y sus profundos legados coloniales que aún marcan su distribución demográfica, socioeconómica, subjetivación, etc. Debido al continuado uso de esta narrativa para cometer crímenes de odio en su nombre se alza la importancia de esclarecer las bases históricas de estas creencias sin bases reales para desmantelarlas y dar cuenta de su carácter subyacente. No se trata de un genocidio en proceso contra la población blanca en Sudáfrica o Zimbabwe, sino de una teoría conspirativa que en sí misma contiene una ideología exterminacionista contra poblaciones no-blancas alrededor de la (re)construcción de un etnoestado afrikaneer y una reacción virulenta contra la descolonización, ayer y hoy; en el caso de Zimbabwe, a las acusaciones de un genocidio blanco se le ha solapado una nostalgia por los símbolos del sistema racista de Rhodesia-UDI, que han sido celebrados y distribuidos por el terrorismo aspiracional y cómplices tangenciales en búsqueda de financiamiento, que aprovechan el medio sectario asociado.
Frente a procesos genocidas comprobados en el continente africano como las masacres sistemáticas contra las comunidades herero y nama en la colonia del África del Sudoeste alemán (actual Namibia) en 1904-1907, los campos de concentración del Imperio británico contra el levantamiento Mau-Mau en 1952-1960 y el exterminio contra tutsis y hutus moderados en Rwanda en 1994, se hace más necesario dilucidar las mutaciones de la extrema derecha para identificar efectivamente dónde están los frentes de una batalla que no es solo cultural, sino también por la construcción de mundos vivibles política y económicamente. Y en particular debido a cómo el pensamiento conspirativo se ha vuelto hegemónico en la lógica contemporánea de estos grupos de extrema derecha, es importante estar en una constante vigilia para evitar caer en estas mismas lógicas, ser consciente de la mutación de los discursos de odio y rechazarles categóricamente.
Bibliografía
Africa is a Country. (2015). The US nostalgia for racist regimes in Africa. https://africasacountry.com/2015/06/the-connection-between-terrorist-dylann-roof-and-white-supremacist-regimes-in-africa-runs-through-the-heart-of-us-conservatism
Akinola, A. O. (2021). Farm Attacks or ‘White Genocide’? Interrogating the unresolved land question in South Africa. African Journal on Conflict Resolution, 20(2), 65–91.
Ansah, T. (2022). Violent words: strategies and legal impacts of White supremacist language. Virginia Journal of Social Policy & the Law, 28(3), 306–340. https://www.cnn.com/2021/04/25/health/race-correction-in-medicine-history-re-
Barraclough, J. A. (2020). Facebook’s ‘White Genocide’ problem: a sociotechnical exploration of problematic information, shareability, and social correction in a South African context [Thesis for Master of Arts in Media Studies]. University of Cape Town.
Boender, N. (2021). The International Far-Right and White Supremacy in UDI-era Zimbabwe, 1965-1979. https://warwick.ac.uk/fac/arts/history/ghcc/blog/the_international_far-right/
Bonello, J. (2010). The Development of Early Settler Identity in Southern Rhodesia: 1890-1914. International Journal of African Historical Studies, 43(2), 341–367. https://about.jstor.org/terms
Breland, A. (2023). White Nationalists Are Big Fans of Elon’s “White Genocide” Tweets.
Brownell, J. (2020). “One last retreat”: racial nostalgia and population panic in Smith’s Rhodesia and Powell’s Britain. In D. Geary, D. Schofield, & J. Sutton (Eds.), Global White nationalism. From apartheid to Trump (pp. 157–186). Manchester University Press.
Bueckert, M. (2018). The post Trump fortunes of South Africa’s white nationalists. https://africasacountry.com/2018/09/the-fortunes-of-south-africas-white-nationalists
Cabanillas, N. (2009). Género y memoria en Sudáfrica post apartheid: la construcción de la noción de víctima en la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, 1995-1998. El Colegio de México.
Campos, R. D. E. (2023). The International Turn in Far-Right Studies: A Critical Assessment. Millennium: Journal of International Studies, 51(3), 892–919. https://doi.org/10.1177/03058298231198992
Chen, B., Lukito, J., & Koo, G. H. (2023). Comparing the #StopTheSteal Movement across Multiple Platforms: Differentiating Discourse on Facebook, Twitter, and Parler. Social Media and Society, 9(3). https://doi.org/10.1177/20563051231196879
Deutsche Welle. (2019). Analysts downplay threat of supremacist terrorism. Deutsche Welle. https://www.dw.com/en/supremacists-no-real-threat-to-south-africa-analyst-says/a-51502541
Du Toit, B. M. (1991). The Far Right in Current South African Politics. The Journal of Modern African Studies, 29(4), 627–667. https://about.jstor.org/terms
Evans, R. (2018). From Memes to Infowars: How 75 Fascist Activists Were “Red-Pilled”. https://www.bellingcat.com/news/americas/2018/10/11/memes-infowars-75-fascist-activists-red-pilled/
Evans, R. (2019). Shitposting, Inspirational Terrorism, and the Christchurch Mosque Massacre. https://www.bellingcat.com/news/rest-of-world/2019/03/15/shitposting-inspirational-terrorism-and-the-christchurch-mosque-massacre/
Evans, R., & Davis, G. (2021). White Boy Summer, Nazi Memes and the Mainstreaming of White Supremacist Violence. https://www.bellingcat.com/news/2021/07/01/white-boy-summer-nazi-memes-and-the-mainstreaming-of-white-supremacist-violence/
Gedye, L. (2018, March 23). White genocide: How the big lie spread to the US and beyond – The Mail & Guardian. Mail and Guardian. https://mg.co.za/article/2018-03-23-00-radical-right-plugs-swart-gevaar/
Hofstadter, R. (1996). The Paranoid Style in American Politics. In The Paranoid Style in American Politics and other essays (pp. 3–40). Harvard University Press.
Ismay, J. (2018). Rhodesia’s Dead — but White Supremacists Have Given It New Life Online. The New York Times.
It Could Happen Here. (2024). In Cool Zone Media.
Kaplan, J., & Lööw, H. (2002). The Cultic Milieu. Oppositional Subcultures in an Age of Globalization. Altamira Press.
Langford, W. (2023). Apartheid Internationalism: Canadian Activism in Defence of White Rule in Southern Africa, 1965–94. Canadian Historical Review, 104(2), 198–226. https://doi.org/10.3138/chr-2022.0009
Mbembe, A. (2001). On the postcolony. University of California Press.
Mhaka, T. (2020). Who is to blame for Zimbabwe’s land reform disaster? Al Jazeera.
Ngcongco, L. M. (2000). The Mfecane and the rise of new African states. In J. F. Ajayi Fade (Ed.), General History of Africa Volume VI – Africa in the Nineteenth Century until the 1880s (pp. 90–123). Heinemann. UNESCO.
Ortiz, E., & Dienst, J. (2023). Racist Jacksonville shooter wore Rhodesian army patch, a symbol of white supremacy, law enforcement sources say. NBC News.
Paton, N., Nilsen, A. B., Dechesne, M., Sakellariou, A., Helm, G., Salord, T., & Cabanac, G. (2022). The European Far Right and Islamist Extremism on Twitter: From Radicalisation to Political Participation. ESSACHESS – Journal for Communication Studies, 15(2), 13–46. https://doi.org/10.21409/VAQQ-S725
Plumelle, A. (2020). White Ferocity: The Genocides of Non-Whites and Non-Aryans from 1492 to Date. In White Ferocity: The Genocides of Non-Whites and Non-Aryans from 1492 to Date. CODESRIA. https://www.ebsco.com/terms-of-use
Steyn, A. S. (2019). Story of a South African farm attack. Africa Today, 66(2), 56–81. https://doi.org/10.2979/africatoday.66.2.04
The Busting Team. (2021, January 15). The Most Comprehensive Article About Farm Murders Ever Written. Busting the Myth of White Genocide in South Africa. https://www.bustingthemyth.com/post/the-most-comprehensive-article-about-farm-murders-ever-written
Van Gelder, E. (2015). How a Right-Wing South African Group Incites a New Wave of White Fear. Time Magazine. https://time.com/3931773/how-a-right-wing-south-african-group-incites-a-new-wave-of-white-fear/
van Prooijen, J. W., & Douglas, K. M. (2018). Belief in conspiracy theories: Basic principles of an emerging research domain. European Journal of Social Psychology, 48(7), 897–908. https://doi.org/10.1002/EJSP.2530
van Zyl-Hermann, D., & Verbuyst, R. (2022). ‘The real history of the country’? Expropriation without Compensation and Competing Master Narratives about Land (Dis)Possession in South Africa. Journal of Southern African Studies, 48(5), 825–842. https://doi.org/10.1080/03057070.2022.2127565
Varela Barraza, H., & Ruiz, J. F. (2013). Zimbabwe: treinta años de vida independiente. Estudios de Asia y África, XLVIII(1), 11–54.
Varela, H. (2000). La génesis violenta de la sociedad racialmente estratificada. In Sudáfrica: las raíces históricas (de la historia antigua a la Paz de Vereeniging) (pp. 73–131). El Colegio de México.
Vohra, A. (2023). Italy Now Has Conspiracy Theory as National Policy Italian Prime Minister. https://foreignpolicy.com/2023/05/08/italy-meloni-great-replacement-conspiracy-theory-immigration/
Ward, J. (2018). The dangerous myth of ‘white genocide’ in South Africa. In Southern Poverty Law Center.
Ware, C., & Campbell, J. (2020, February 23). Transnational White Supremacist Militancy Thriving in South Africa. Council on Foreign Relations. https://www.cfr.org/blog/transnational-white-supremacist-militancy-thriving-south-africa
Wilson, J. (2018, August 24). White farmers. How a far-right idea was planted in Donald Trump’s mind. The Guardian. https://www.theguardian.com/world/2018/aug/23/white-farmers-trump-south-africa-tucker-carlson-far-right-influence





