A continuación nos proponemos analizar la derechización en Brasil como expresión contemporánea de las transformaciones del Estado dependiente latinoamericano, en el marco de la crisis estructural del capitalismo y de la reconfiguración de la hegemonía global. Estas transformaciones no ocurren solo en Brasil: las expresiones de la nueva derecha se nutren de una ofensiva ideológica global que articula la defensa irrestricta del libre mercado con el debilitamiento de las instituciones democráticas.
Con el objetivo de entender cuál es la necesidad histórica de la derechización en América Latina nos centraremos en Brasil; tanto por su importancia geopolítica en la región como por ser el sitio donde comenzó el proceso de derechización en este siglo, cuando la llamada ola progresista, que gobernaba en buena parte de los Estados de la región, comenzó a verse amenazada por la reacción.
Este proceso se asocia tanto con el surgimiento de figuras políticas vinculadas a la extrema derecha, plenamente consustanciadas con las demandas neoliberales, como con la centralidad adquirida por las agendas conservadoras, delineadas desde movimientos religiosos como el evangelismo neopentecostal. En Brasil, se destaca el peso que tuvieron los gobiernos de derecha en el último siglo, un fenómeno condensado en el golpe blando contra Dilma Rousseff en 2016, seguido por el ascenso de Jair Bolsonaro en 2019. Dicho golpe se presentó como una de las primeras expresiones de la ultraderecha en la región, fuertemente vinculado con las fuerzas armadas del país, y fue portador de un discurso de marcado sesgo conservador y extremista.
Para ubicar esto en un contexto adecuado, se vuelve indispensable historizar estas dinámicas y reconocer su carácter estructural, en tanto se inscriben en lógicas de explotación y opresión que, en contextos de profundización de la crisis del capital, tienden a intensificarse. Esto exige un abordaje que vaya más allá de las explicaciones lineales y reduccionistas, pues no se trata de restringir la problemática a un plano meramente ideológico, ni mucho menos de analizar estos fenómenos como si fueran modelos económicos aislados.
Subimperialismo y Estado del Cuarto Poder
Es necesario vincular el ascenso de estas nuevas derechas a la rearticulación entre Estado y capital, proceso que adopta características particulares en el caso subimperialista brasileño. Tal como fue analizado por Ruy Mauro Marini, el subimperialismo se vincula con el “acelerado proceso de monopolización (vía concentración y centralización del capital) que tuvo lugar en Brasil […] así como al extraordinario desarrollo del capital financiero, principalmente a partir de 1968” (1974, p. 19). En consonancia con las lógicas del capitalismo imperialista (Lenin, [1917] 2016), en el subimperialismo el Estado adquiere un rol directo en la acumulación, ya que opera en la regulación del capital.
Este proceso se asocia tanto con el surgimiento de figuras políticas vinculadas a la extrema derecha, plenamente consustanciadas con las demandas neoliberales, como con la centralidad adquirida por las agendas conservadoras, delineadas desde movimientos religiosos como el evangelismo neopentecostal.
El subimperialismo brasileño se presenta desde los gobiernos militares hasta el día de hoy, como resultado de “un reescalonamiento, una jerarquización de los países capitalistas en forma piramidal y, por consiguiente, [como] el surgimiento de centros medianos de acumulación, que son también potencias capitalistas medianas” (Marini, 1977, p. 30). Sin embargo, su concretización histórica no resulta en una cuestión meramente económica, sino que también redunda en expresiones políticas y estatales en donde se identifican “formulaciones ideológicas y doctrinales, [capaces] de plasmarse en objetivos y proyectos, y de trazar líneas de acción estratégicas y tácticas” (Marini, 1985). El subimperialismo es también político, y se vincula a proyectos de desarrollo, dominación y subordinación.
De esta forma, en Brasil, se ha buscado perpetuar el binomio desarrollo-seguridad, que permite la institucionalización de la contrainsurgencia a través de la continuidad del rol de las fuerzas armadas dentro de la estructura económica y política brasileña, en el Estado del Cuarto Poder. Allí, las fuerzas armadas adquieren un disfraz estrictamente militar, encubriendo el proyecto de poder en el que los sujetos castrenses cumplen un rol en la seguridad pero para garantizar el desarrollo económico. Esto se mantuvo a lo largo del tiempo y se reforzó con el gobierno directamente asociado a las fuerzas militares de Jair Bolsonaro (Campos & Oliveira, 2023).
De los gobiernos del PT al golpe de 2016
Ahora bien, para comprender la llegada de Bolsonaro al gobierno y la expansión de la nueva derecha en Brasil, es necesario atender a la movilidad entre las diferentes fracciones de las clases trabajadoras en los primeros gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), con Luiz Inácio Lula da Silva a la cabeza. La política económica de estos gobiernos se baso en la ampliación del capital financiero con las commodities, en el pago de intereses de la deuda al Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), y en el crecimiento de la banca nacional y el sector de servicios.
Por otro lado, se dio también el impulso a políticas sociales redistributivas, las políticas de crédito, programas de educación, habitación, salud, seguridad social; en todos los casos mediante un proceso de financiarización. Esta política económica fue exitosa tanto para los propietarios del capital como para los trabajadores, quienes obtuvieron más derechos y mejores condiciones para su reproducción.
[En] Brasil, se ha buscado perpetuar el binomio desarrollo-seguridad, que permite la institucionalización de la contrainsurgencia a través de la continuidad del rol de las fuerzas armadas dentro de la estructura económica y política brasileña.
Este proceso quitó al país del mapa del hambre en 2014 (Cunha, 2025), llevó a miles de personas de los escalafones de ingresos más bajos a otros más altos en 2012, amplió las clases medias y mantuvo altos los ingresos y rentas de los capitalistas industriales, bancarios y financieros (Agência Senado, 2011). Se puede hablar entonces de una fase de crecimiento como la de los años dorados del siglo pasado en Estados Unidos, pero con el abandono del trabajo de base que podría haber vinculado más orgánicamente estos cambios con las políticas gubernamentales. Asimismo, en este contexto se dio el crecimiento de las iglesias neopentecostales con su teología de la prosperidad, que adjudica estas transformaciones sociales a la meritocracia individual. A la par se desarrollaron grandes investigaciones policiales sobre corrupción en el gobierno, lo que alejó a los “ciudadanos de bien” de la simpatía con el PT.
La crisis internacional de 2008 impuso un freno a este crecimiento, que continuó, pero a un ritmo insuficiente para sostener el control del gobierno, lo que condujo en 2016 al impeachment contra Dilma. Este golpe fue antecedido, desde 2013, por una movilización política muy activa contra el gobierno por parte de los sectores medios y proletarizados; movilización que más tarde resultó cooptada por las fracciones industriales que libraban una guerra interburguesa por la hegemonía del bloque en el poder. De ahí surgieron, en suma, los primeros movimientos de derecha radical financiados por esa misma fracción burguesa.
[…] para comprender la llegada de Bolsonaro al gobierno y la expansión de la nueva derecha en Brasil, es necesario atender a la movilidad entre las diferentes fracciones de las clases trabajadoras en los primeros gobiernos del Partido de los Trabajadores.
Los conflictos entre las burguesías financieras —vinculadas al capital imperialista— y las burguesías agroindustriales, se combinaron con movilizaciones de trabajadores y de las clases medias endeudadas, empobrecidas y superexplotadas hacia los recién creados grupos de derecha, que unificaron las demandas económicas y políticas neoliberales, a través de la negación de derechos económicos y sociales garantizados desde los gobiernos progresistas del PT. Estos grupos incorporaron, además, las demandas sociales de los sectores neopentecostales, con su base moralista y cristiana; esto es lo que redundó, finalmente, en el apoyo popular que garantizó el triunfo presidencial de Bolsonaro en 2018.
Bolsonarismo y fascistización
La búsqueda de la adhesión de las masas es una estrategia tan antigua como el mismo fascismo histórico, que genera pasiones movilizadoras, las cuales encontraron en Brasil un terreno fértil debido a varios factores:
a) La percepción de que atravesamos una crisis de enormes proporciones para la cual las soluciones propias de la democracia liberal resultan insuficientes; b) la construcción de una polarización entre grupos sociales de pertenencia y otros grupos ajenos, considerados irredimibles e imposibles de integrar; c) la creencia de que los propios, los «ciudadanos de bien», son víctimas de la indolencia, la corrupción, la degeneración moral y la inversión de las jerarquías sociales tradicionales; d) el temor a la decadencia del «ciudadano de bien», que exige una comunidad más pura, incluso con el recurso a la violencia; e) la búsqueda de una autoridad masculina que abreva en la figura del jefe nacional, el único capaz de encarnar el destino histórico de la sociedad; f) la superioridad del instinto del líder sobre la razón abstracta y universal; g) la estetización de la violencia y la exaltación de la voluntad cuando están orientadas al éxito del «ciudadano de bien»; h) el supuesto derecho de este ciudadano a dominar y someter a los demás, sin límites legales, divinos o morales, en una lucha darwiniana donde lo único que importa es vencer (Fidelis y Seabra, 2021, p. 410, cursiva de los autores).
Estas pasiones movilizadoras produjeron la exigencia de un Estado fuerte y militarizado comandado por el propio Bolsonaro, con el costo de enormes retrocesos económicos y sociales, justificados en el ultraneoliberalismo y en la moral cristiana. Si se analizan las diferencias entre el fascismo histórico y el proceso de derechización en Brasil de la mano del bolsonarismo, podemos encontrar más diferencias que semejanzas. Las diferencias derivan de las particularidades de la formación social dependiente de Brasil y de su histórico Estado fuerte militarizado, asociado al subimperialismo; desde la proclamación de la República, en varios momentos históricos el Estado brasileño fue comandado por militares.
Durante el gobierno Bolsonaro (2019–2022) fueron activados mecanismos autoritarios respaldados por las fuerzas armadas, que se auto-legitimaron como garantía del orden frente a las supuestas amenazas internas. Entonces cobró centralidad la característica principal del Estado de Cuarto Poder, de naturaleza militar, que amenazó con desplazar, e incluso suspender, los contornos más elementales de la democracia liberal. Esta ofensiva se expresó en el mantenimiento de la institucionalización de la contrainsurgencia, con redes mediáticas de odio, discursos reaccionarios y la tentativa de operar una ruptura democrática, configurando un terreno de disputa brutal por la hegemonía política en el contexto de un sistema mundial en crisis.
Estas pasiones movilizadoras produjeron la exigencia de un Estado fuerte y militarizado comandado por el propio Bolsonaro, con el costo de enormes retrocesos económicos y sociales, justificados en el ultraneoliberalismo y en la moral cristiana.
En este contexto se generó un escenario de avance de ideologías fascistizantes, caracterizadas por una alianza híbrida entre sectores militares, el fundamentalismo religioso neopentecostal y los think tanks neoliberales, articulados en torno a un discurso negacionista, anticientífico y autoritario. Este bloque de poder no se fundamentó en un movimiento de masas fanático, como en los fascismos clásicos, pero sí articuló redes mediáticas, como el célebre “gabinete del odio”, capaces de producir violencia simbólica e intimidación política a través de las redes digitales, en consonancia el planteo de Feierstein (2019) sobre el fascismo como «práctica social».
Para este autor es necesario diferenciar entre el fascismo como ideología, como régimen de gobierno y como conjunto de prácticas sociales, destacando la fertilidad analítica de esta última dimensión para interpretar la realidad latinoamericana contemporánea. Según el autor, se trata de:
[…] un tipo específico de utilización de la demonización de los grupos minoritarios, de la exacerbación y proyección de los odios de los sectores medios, proletarizados o excluidos, y de la movilización política activa de los mismos, en tanto estrategia de los sectores concentrados del capital para destruir la organización popular (y muy en particular su expresión sindical) en contextos en los que la democracia liberal no logra resolver las contradicciones o encuentra problemas en la construcción de su hegemonía política (Feierstein, 2019, pp. 29-30).
El fascismo como «práctica social» se configura, entonces, como una estrategia política orientada a canalizar las frustraciones socioeconómicas derivadas de las recurrentes crisis del capitalismo y de la redistribución regresiva del ingreso, proyectándose hacia grupos previamente estigmatizados y negativizados.
Esta ofensiva se expresó en el mantenimiento de la institucionalización de la contrainsurgencia, con redes mediáticas de odio, discursos reaccionarios y la tentativa de operar una ruptura democrática, configurando un terreno de disputa brutal por la hegemonía política en el contexto de un sistema mundial en crisis.
Este proceso suele articularse con un cuestionamiento de las formas más igualitarias de democracia y con una denuncia sistemática de la corrupción institucional (Feierstein, 2019). Además, en contraste con la «parálisis social» impuesta en las dictaduras mediante el terror estatal y la represión organizada, el fascismo, entendido como práctica social, requiere el involucramiento activo de los sectores populares, principalmente de las clases medias empobrecidas.
Esta lógica se apoya en un elemento constitutivo de la formación social brasileña: el racismo. Al igual que el fascismo, el racismo debe ser comprendido como práctica social y no como un simple prejuicio individual. Como sostiene Silvio Almeida, “el racismo es una forma sistemática de discriminación que tiene a la raza como fundamento, y que se manifiesta por medio de prácticas conscientes o inconscientes que culminan en desventajas o privilegios para individuos, según el grupo racial al que pertenezcan” (Almeida, 2019, p. 22).
En un país marcado por más de tres siglos de esclavitud, el racismo es una de las mediaciones privilegiadas de la superexplotación de la fuerza de trabajo y de la contrainsurgencia: el “ciudadano de bien” se define frente a un “enemigo interno” que tiene color y vive en un territorio en específico; la juventud negra de las periferias, objeto preferencial de la violencia policial y el encarcelamiento masivo.
El fascismo como «práctica social» se configura, entonces, como una estrategia política orientada a canalizar las frustraciones socioeconómicas derivadas de las recurrentes crisis del capitalismo y de la redistribución regresiva del ingreso, proyectándose hacia grupos previamente estigmatizados y negativizados.
Este proceso se vio profundamente tensionado por el intento de golpe de Estado tras las elecciones de 2022, cuando Bolsonaro, articulado con altos mandos militares, buscó impedir el traspaso de poder mediante acciones conspirativas. El hecho fue juzgado por el Supremo Tribunal Federal de Brasil, que en septiembre de 2025 condenó a Bolsonaro a 27 años y tres meses de prisión, en lo que constituye uno de los pocos episodios en la historia reciente donde un militar electo y su círculo cercano enfrenta a la justicia civil por una intentona golpista (Ferraz, 2025). Sin embargo, esto no desarticuló por completo el avance de prácticas sociales de fascistización diseminadas en parte de la sociedad brasileña, representadas aún en el Congreso Federal y en los gobiernos estatales y municipales, representación mediante la cual se intenta garantizar las demandas de este bloque de poder.
¿Para qué sirve la derechización?
En síntesis, la derechización en Brasil, además de constituir una reacción a la ralentización del crecimiento económico, es una estrategia de las burguesías nacionales e imperialistas para garantizar:
1) El mantenimiento de la dependencia en Brasil. 2) La subordinación del país a los dictámenes del capital financiero imperialista. 3) El control de las clases trabajadoras y sus expresiones organizativas. 4) El sostenimiento en el poder de las fracciones burguesas más serviles y alineadas a las burguesías imperialistas. 5) El mantenimiento de las guerras domésticas e internacionales, fundamentales para perpetuar la industria bélica de los Estados Unidos. 6) La desarticulación de los proyectos soberanos y regionales de los países de América Latina.
La derechización es necesaria para garantizar la reproducción y acumulación ampliadas del capital, sin los frenos económicos, políticos y sociales que pueden resultar de los gobiernos progresistas. Además, en Brasil, el subimperialismo es un proyecto que cuenta con el Estado de Cuarto Poder como un mecanismo central para su sostenimiento.
Las elecciones de 2026: lo que está en juego
Las elecciones generales de 2026 confirman que la derechización no fue un mero paréntesis expresado en el gobierno de Jair Bolsonaro. En la primera vuelta del 4 de octubre, Flávio Bolsonaro, del Partido Liberal (PL), hijo del expresidente y heredero directo de su capital político, obtuvo cerca del 47% de los votos válidos, frente a algo más del 45% de Lula, por lo que ambos se enfrentarán en la segunda vuelta el próximo 25 de octubre. El PL emergió de los comicios con la mayoría de las bancas legislativas; en la Cámara de Diputados obtuvo 121 diputados, frente a los 88 de la federación encabezada por el PT. En el Senado, el PL amplió su presencia obteniendo 29 senadores. Las encuestas de esta semana señalan un empate técnico en torno al 50 por ciento en la intención de votos válidos (sin considerar a los indecisos y a los eventuales votos blancos y nulos) (CNN, 2026).
El dato central frente a esta jornada no es solo la competitividad electoral del bolsonarismo, sino su capacidad de reorganizarse después de la condena de su líder por el intento de golpe. Inelegible y condenado, Jair Bolsonaro transfirió su liderazgo a su primogénito, lo que muestra que el fenómeno no depende de un individuo: se apoya en las bases sociales, religiosas, militares y empresariales descritas más arriba, y en las redes digitales que funcionan como aparato de producción de consenso, con la empresa Meta apoyando y influyendo activamente en el proceso electoral.
A ello se suma la dimensión geopolítica: la presión de Estados Unidos sobre Brasil, desde los aranceles y las sanciones de 2025 hasta las denuncias de injerencia en el proceso electoral, vuelve a poner en el centro de la disputa el alineamiento subimperialista con Washington frente a la integración regional y el proyecto de los BRICS.
El dato central frente a esta jornada no es solo la competitividad electoral del bolsonarismo, sino su capacidad de reorganizarse después de la condena de su líder por el intento de golpe. Inelegible y condenado, Jair Bolsonaro transfirió su liderazgo a su primogénito, lo que muestra que el fenómeno no depende de un individuo.
El ciclo petista se sostuvo sobre la conciliación de clases, atendiendo a la vez a los intereses del capital y a demandas de los trabajadores, pero sin un trabajo de base que pudiera haberle dado mayor sustento organizativo. Cuando la crisis de 2008 agotó los márgenes de esa conciliación, el consenso se rompió y la extrema derecha comenzó a disputar con éxito el sentido común en las trincheras de la sociedad civil: iglesias, agronegocio, corporaciones policiales y militares, redes digitales, etcétera. La candidatura de Flávio Bolsonaro expresa precisamente eso: ya no se trata de un liderazgo carismático aislado, sino de una fuerza que ejerce la dirección moral e intelectual sobre amplias fracciones de las clases trabajadoras y medias, y que se organiza como partido en el sentido gramsciano del término, es decir como portador de un programa propio para la salida de la crisis.
El sociólogo Nicos Poulantzas nos puede ayudar a distinguir entre el fascismo como régimen y la fascistización como proceso. En su análisis, el fascismo es una forma de Estado de excepción que responde a una crisis política y a una crisis de hegemonía en el interior del bloque en el poder, apoyado en la movilización de masas; la fascistización, a su vez, es un proceso que tiene un comienzo y un punto de no retorno, y que puede ser interrumpido antes de cristalizar en régimen (Poulantzas, 1971).
Desde esta lectura creemos que la fascistización no es un destino inevitable, sino una posibilidad que la crisis abre en el horizonte de la derechización, y que no se verifica de igual manera en todos los países de América Latina. En Brasil, sin embargo, adquirió un particular relieve con el intento de golpe de 2022-2023 y su derrota, desenlace que, sin embargo, no clausuró esta posibilidad. Una eventual victoria de Flávio Bolsonaro, con una bancada ampliada en el Congreso, redes movilizadas e influencia sobre los sectores militares podría volver a generar este escenario.
Pero la amenaza no se reduce a la fascistización. Lo que está en juego es, sobre todo, la imposición de un programa de neoliberalismo autoritario, que ya se ensayó después del golpe de 2016, con el techo del gasto público, la reforma laboral y la reforma de la seguridad social, y que se profundizó en el gobierno de Bolsonaro: ajuste fiscal permanente, privatizaciones, destrucción de derechos laborales y sociales, apertura irrestricta al capital financiero y alineamiento con los Estados Unidos.
[…] la fascistización no es, por lo tanto, un destino inevitable, sino una posibilidad que la crisis abre en el horizonte de la derechización, y que no se verifica de igual manera en todos los países de América Latina. En Brasil, sin embargo, esta crisis adquirió un particular relieve con el intento de golpe de 2022-2023 y su derrota.
Un programa de esa naturaleza no puede imponerse por consenso, porque golpea directamente las condiciones de vida de las clases trabajadoras. Por lo tanto, son necesarias transformaciones en el Estado dependiente, la criminalización de la protesta y una tutela militar capaz de contener la resistencia popular. La derechización (con movimientos tendientes hacia la fascitización) y el neoliberalismo autoritario no son, por lo tanto, fenómenos separados: la primera es una de las formas políticas extremas que se hace necesario asumir para imponer el segundo. Aún sin una ruptura del régimen político, una victoria de la extrema derecha significaría la vuelta de ese programa al centro del Estado, con la fuerza de una bancada parlamentaria ampliada y el respaldo de las fracciones burguesas que financian el proceso,.
Gane quien gane el domingo, el escenario que se abre es el de un Congreso con mayor primacía de la extrema derecha y un bloque en el poder presionado por las fracciones burguesas que lo respaldan. Una victoria de Flávio Bolsonaro significaría el regreso al gobierno del proyecto de poder del Estado de Cuarto Poder, ahora con mayor arraigo institucional. Una victoria de Lula, en cambio, tendría que enfrentar un legislativo hostil y los mismos límites estructurales de la dependencia que marcaron los gobiernos anteriores del PT. En cualquiera de los casos, la tarea de las fuerzas populares en Brasil y en América Latina no se agota en las urnas: pasa por retomar el trabajo de base abandonado, disputar el sentido común en las periferias y enfrentar la derechización como lo que es; una necesidad objetiva del capital en una fase de crisis, y no un mero accidente electoral.
Referencias
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Cunha, M. (2025, 28 de julio). Lula comemora saída do Brasil do Mapa da Fome da ONU: Documento revela que menos de 2,5% da população brasileira está em risco de subnutrição, o que faz com que o país deixe a lista de nações com insegurança alimentar grave. g1. https://g1.globo.com/politica/noticia/2025/07/28/lula-comemora-saida-do-brasil-do-mapa-da-fome-da-onu.ghtml
Feierstein, D. (2019). La construcción del enano fascista. Los usos del odio como estrategia política en Argentina. Capital Intelectual.
Ferrez, A. (2025, 12 de septiembre). STF condena militares pela 1ª vez a até 26 anos; STM pode tirar patentes. UOL.
Fidelis, T. K. S. y Seabra, R. L. (2021). Fascismo e profissionalização da contrarrevolução no Brasil. Revista Katálysis, 24(2), 407-416. https://doi.org/10.1590/1982-0259.2021.e75593
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