En abril de 2022, un mes y medio después de que el ejército ruso pusiera botas sobre el terreno en el este de Ucrania el 24 de febrero, Volodomir Zelensky ya era un tipo altamente popular en Europa. De ser un desconocido para el gran público, el presidente ucraniano devino un héroe de la resistencia: recorría parlamentos, cumbres y eventos internacionales instando a todos los gobiernos a desviar recursos para la defensa de su país: dicho y hecho. En apenas tres días desde el inicio de la invasión, el 27 de febrero, el Alto Representante para la Política Exterior, Josep Borrell ya movilizaba el Fondo Europeo para la Paz una decisión histórica, la primera vez que la UE financiaba conjuntamente el suministro de material letal a un país en guerra.
A principios de ese mes de abril del 2022, Zelensky comparecía frente a los medios ucranianos poco después de que las fuerzas rusas se retirasen de Bucha, el primer gran escenario de esa nueva fase de guerra. Zelensky planteó entonces que el futuro modelo de seguridad nacional del país debería inspirarse en el estado de alerta permanente de la sociedad y el ejército israelí. Dijo, literalmente, tal y como se mantiene en la página oficial del Presidente, lo siguiente:
“Creo que toda nuestra gente será nuestro gran ejército. No podemos hablar de una ‘Suiza del futuro’ (…) Pero definitivamente nos convertiremos en un “gran Israel” con su propio rostro. No nos sorprenderá tener representantes de las Fuerzas Armadas o de la Guardia Nacional en todas las instituciones, supermercados, cines, donde habrá gente portando armas. Estoy seguro de que nuestra seguridad será la número uno en los próximos diez años”.
No dijo Israel, no, dijo «Gran Israel«, evocando el proyecto geopolítico, ideológico y religioso de expansión del sionismo en todo oriente medio, ese que Netanyahu aspira a instalar a través de la fuerza militar y las políticas de ocupación y genocidio. Pero aquellas declaraciones de Zelensky sobre su proyecto de estado en Ucrania pasaron desapercibidas para muchos en un contexto en que cualquier respuesta a la “agresión” rusa estaba justificada desde Europa.
Zelensky no desaprovecha ocasión para alinear la causa ucraniana con la israelí ante sus aliados occidentales, argumentando que ambos enfrentan una alianza interconectada, con el suministro iraní como nexo operativo.
Zelensky no desaprovecha ocasión para alinear la causa ucraniana con la israelí ante sus aliados occidentales, argumentando que ambos enfrentan una alianza interconectada, con el suministro iraní como nexo operativo, como afirmó en asamblea de la OTAN post 7 de octubre de 2023, en la que apareció como invitado estelar. Un alineamiento político que ahora también se ha convertido en militar.
¿Ha entrado Ucrania en la guerra de Irán?
Debe reconocerse que el presidente ucraniano se ha acercado mucho a su objetivo aspiracional de 2022, pues la influencia israelí es evidente y se materializa ahora también en una alianza militar con Estados Unidos e Israel Oriente Medio. Desde hace una semana, Zelensky presume de haber desplegado tres grandes equipos en la región, —Catar, Emiratos, Arabia Saudí, y una base estadounidense en Jordania— que hacen trabajos de “asesoramiento” para contrarrestar los ataques con drones iraníes, con interceptores incluídos, algo que varias voces en Teherán han considerado como una entrada directa en el conflicto. Algunos medios israelíes ya dan por hecho la cooperación ucraniana con EEUU e Israel, fruto de su experiencia con drones en el terreno, y auguran una alianza más estrecha en el futuro, algo que según fuentes del gobierno israelí, el propio Netanyahu ya ha solicitado.
Opera aquí un cambio llamativo: Zelensky se presenta ante sus aliados —Europa, Estados Unidos, Canadá, Israel o las petromonarquías árabes— no solo con su retórica limosnera habitual (exigiendo armas como parte de su guerra existencial) sino también como un poderoso aliado táctico militar, ofreciendo la posibilidad de intercambiar sus drones de interceptación por misiles defensa aérea, que obran en poder de los aliados de Oriente Medio. Temeroso, quizá, de que flaquee el apoyo (y el stock) de EEUU, Zelensky juega sus cartas casi llegando al chantaje. Al fin y al cabo, el suelo ucraniano ha sido —para desgracia de quienes lo habitan— campo de operaciones y testeo de la industria militar y en especial, la guerra con drones, desde 2014 en adelante y ha sabido sacarle partido.
El viernes pasado, tras visitar a Macron, se reunió en París con Reza Pahlavi, que lidera la oposición ultraconservadora iraní desde su exilio dorado en Estados Unidos, con amplio apoyo del sionismo occidental. Con él, Zelensky abordó la situación en Irán y calificó la guerra de “operación de EEUU contra el régimen terrorista”, aunque Trump, de momento, ha restado peso a la ayuda ucraniana. Pero el ucraniano es obstinado, y recuerda el poderoso beneficio para la industria estadounidense que implica la guerra en su país. De hecho, recordó específicamente en sus redes el beneficio que genera en EEUU el programa PURL, impulsado por la OTAN y Estados Unidos este verano, que permiten a los aliados de Kiev —básicamente, los europeos y nuestro dinero, España incluída— financiar la compra de armamento estadounidense para Ucrania aportando fondos destinados a la defensa ucraniana a través del catálogo de productos estadounidenses, sin tener ni siquiera que pasar por la industria europea por si no quedara stock. Una especie de hucha colectiva gestionada por la OTAN cuyos fondos van directamente a las empresas armamentísticas de EEUU y cuyas armas terminan en el frente ucraniano.
Del “Silicon Valley” a la “Silicon Steppe”
Ucrania es, militarmente, según los últimos datos del SIPRI, (que monitoriza el comercio de armas mundial) el mayor receptor de armas del mundo en 2021-25, recibiendo el 9,7 por ciento del total de importaciones. Sus principales proveedores fueron Estados Unidos, (el 41% de los suministros) seguido de Alemania y de su vecina Polonia. Pero, como Israel, Ucrania no solo compra armamento —bueno, en realidad se lo compramos desde Europa— que devora a una velocidad inusitada, sino que también ha aprendido que debe especializarse en su propia producción y ofrecerse como terreno de testeo, innovación, y por qué no, un “hub” (como suele decirse ahora) que centralice las tecnologías de defensa en Europa.
El presente y el futuro de Ucrania pasa por convertirse, como Israel, en un gran nodo de la industria de la defensa y la seguridad. El país ha pasado de tener un complejo militar-industrial heredado de la era soviética a consolidar un ecosistema de defensa híbrido, fuertemente privatizado y tecnológicamente muy avanzado que se vende como un “silicon valley» del sector. El propio Ministerio de Defensa ucraniano presume en su web del ascenso sin límites de su industria: “las capacidades de la industria de defensa ucraniana han crecido de mil millones de dólares a 35 mil millones de dólares en los últimos años” dijo el ministro de Defensa, Denys Shmyhal, en enero de 2026.
El presente y el futuro de Ucrania pasa por convertirse, como Israel, en un gran nodo de la industria de la defensa y la seguridad.
El conglomerado estatal JSC Ukrainian Defense Industry, —antiguo Ukroboronprom— duplicó el número de contratos estatales el año pasado, aunque el gran boom se ha producido en el sector privado y tecnológico. Ha sido posible, afirman las autoridades ucranianas, gracias a la política estatal que ha aligerado la regulación, impulsado la inversión y escalado la producción local con préstamos preferenciales, incentivos y exenciones fiscales bajo un régimen especial. El propio Zelensky usó esa cifra, los 35 mil millones de dólares, durante el Foro de la Industria de Defensa de La Haya en junio de 2025 ante sus socios europeos, advirtiendo de que podría desplegarse aún más y mejor si se le brindaba más financiación. El sector privado y las defense tech crecen como hongos en el país: ya hay más de 400 entidades privadas operando (apenas había 50 antes de 2022), y florecen las startups ucranianas donde los fondos de capital de riesgo invierten alegremente. Y sobre todo, hay un producto estrella: los drones. La capacidad de producción alcanzó los 4,5 millones de drones FPV anuales: el 96% de los drones utilizados por el ejército ucraniano son de fabricación nacional, los mismos drones y sistemas antidrones para parar los Shahed que hoy Zelensky oferta a su aliado, Israel, en su guerra contra Irán.
En los medios europeos apenas se dedican unas líneas a los escándalos de corrupción y los riesgos asociados a crear un estado-armería en el corazón de Europa. Por ejemplo, el caso Fire Point apenas obtuvo titulares, pero en contraste, no son pocos los reportajes que narran con admiración a la flamante nueva industria de drones o de misiles ucraniana. Pero Fire Point es un ejemplo bien simbólico de cómo esta nueva vocación productiva ucraniana se inserta en tramas corruptas y criminales. A finales de 2025, esta empresa, propiedad de un antiguo socio y estrecho aliado de Zelensky, Tymur Mindich, que pasó de ser una agencia de casting a convertirse de forma opaca en el mayor fabricante privado de misiles y drones del país, fue acusada dentro del «caso Midas» de desvío y lavado de aproximadamente 100 millones de dólares procedentes de contratos estatales, utilizándola para canalizar fondos ilícitos y ofrecer empleos tapadera que salvaban a sus cómplices de la movilización militar.
Nada de eso importa en Europa, donde Kaja Kallas, Von der Leyen y compañía siguen repitiendo el mantra de armar hasta los dientes a Kiev. La Gran Ucrania crece: para finales de 2026, Alemania, Dinamarca (el 3% del PIB danés va directamente a Kiev) los estados bálticos, Reino Unido, Holanda o Noruega ya han anunciado que abrirán centros de exportación y producción de drones ucranianos para comerciarlizarlos en toda Europa. La producción militar de Ucrania está ahora a la par con la otra gran industria del país, la agricultura, que comprende el 7% del PIB nacional, según el Instituto de la Escuela de Economía de Kiev. Y subiendo.
Europa paga, Kiev dispone
¿Con qué dinero se ha podido levantar una industria y un poderío militar así en apenas 4 años? Pues principalmente, con el capital europeo, concretamente, con el dinero público de los 27 Estados Miembros de la Unión, además de con el PIB invertido en la OTAN a través de iniciativas como la mencionada PURL. No es ningún secreto: sumido el planeta en la incertidumbre de la guerra en Oriente Medio, las principales redes sociales de Consejo, Comisión y líderes europeos han reaccionado al unísono con publicaciones donde celebran orgullosamente el monto total de ayuda militar a Ucrania en estos cuatro años. La web y los espacios comunicativos de Bruselas dedican una exhaustiva parte de su propaganda a justificarlo, con una idea resumida de la siguiente manera: “la seguridad de Europa empieza Ucrania”. Hasta la fecha, la UE y sus Estados miembros han proporcionado 69.700 millones de euros en apoyo militar a Ucrania según la propia Comisión. Primero, con el uso y abuso del Fondo Europeo de Apoyo a la Paz, mediante la entrega de sistemas de defensa antiaérea y anti drones, así como munición de gran calibre. En segundo lugar, a través de la Misión de Asistencia Militar de la UE en apoyo a Ucrania (EUMAM), adiestrando y equipando a más de 87.500 efectivos ucranianos. Y después, llegó todo lo demás: los acuerdos bilaterales, el marco OTAN, los presupuestos de rearme. El Libro Blanco de la Defensa Europea, Readiness 2030 (Preparación 2030), prolegómeno de las políticas de armamento masivo impuestas por Bruselas, subrayó la importancia de seguir apoyando y desarrollando la industria de defensa de Ucrania, así como de colaborar más estrechamente para integrarla en la base tecnológica e industrial de la defensa europea.
Nada parece quebrar, de momento, el apoyo predecible, a largo plazo y sostenible para la seguridad y la defensa de Ucrania “en estrecha coordinación con nuestros socios, como la OTAN” como reza en la página web comunitaria. Nada, ni siquiera, las evidentes contradicciones que comienzan a ser incabalgables para algunos discursos del progresismo europeo, como el “No a la guerra” de Pedro Sánchez. Zelensky visitó Madrid por última vez a finales de 2025, contempló el Gernika y se llevó bajo el brazo 600 millones para su industria militar. Parece que volverá esta semana. ¿Cómo explicar el armamento masivo y el apoyo incondicional a un aliado de Israel y de EEUU como es Ucrania, sin cuestionarle en lo más mínimo, en comparación con la inacción deliberada ante escenarios como el de Gaza?
El etnoestado frente a una amenaza existencial
En diciembre de 2022, Varsovia acogió la quinta cumbre de Innovación Ucraniano-Israelí, otro evento que, en el fragor de la batalla, pasó sin pena ni gloria. Allí, el CEO de BIM LTD afirmó que “Ucrania hoy es Israel hace 50 años”. La suya, con sede en Israel y oficinas en Polonia y Ucrania, es una empresa especializada en infraestructuras como oleoductos, centros de datos, complejos urbanísticos y obras como el “sarcófago” que selló Chernobyl. En esa misma cumpre, Alexey Arestovich, asesor jefe de la Oficina de Zelensky por entonces, dijo lo siguiente:
«Debemos aprender de ellos (Israel) de cómo crear fuerzas armadas de alta tecnología, un complejo militar-industrial que [estará] bajo constantes amenazas. Y de cómo la sociedad, el gobierno y cada ciudadano trabajan juntos para garantizar la seguridad. Porque a los israelíes se les enseña desde una edad temprana lo que es la seguridad y cómo actuar. Y Ucrania tendrá que reconstruir completamente todo el sistema, porque somos un estado que vivirá en condiciones de peligro militar o no militar constante, desafortunadamente, durante varias décadas».
Si Israel logró construir un complejo militar-industrial puntero (Rafael, IAI, Elbit), podría decirse que Ucrania está en las primeras fases de un proceso idéntico, al que se dedican fondos estatales incomparables con cualquier democracia a la europea. Pero además de la industria y la economía militar, el mérito del estado ucraniano —que es mucho más profundo y complejo que Zelensky— es que ha sido capaz de construir una identidad nacional, y una arquitectura institucional-militar que acompañe el proceso en apenas una década. Con el golpe de estado de Maidán en 2013 y la posterior guerra civil en Donbass, la “amenaza existencial rusa” sirvió para construir el “estado guarnición”, subordinado a las necesidades de la defensa nacional. La operación antiterrorista desplegada por Kiev en el este del país en 2014 convirtió a ultras, mercenarios, oportunistas y criminales en paramilitares que terminaron por integrarse y profesionalizarse en la estructura de las Fuerzas Armadas del país a la que después Europa regó de dinero. La narrativa de los ultras de hace diez años es hoy indistinguible ya de la narrativa nacionalista oficial, con el culto al banderismo —hijo del colaboracionismo con el III Reich alemán— como el tuétano que corroe al ejército ucraniano, que ha penetrado colegios, propaganda, institutos, cultura. Bajo el “Slava Ukraini!” (¡gloria a Ucrania!) la persecución al “otro” —la población rusoparlante y otras minorías étnicas— se ha convertido en una razón de ser que cohesiona internamente y señala al diferente. El etnonacionalismo ucraniano, como el israelí, se justificará, para siempre, en esa eterna amenaza, y bajo esa amenaza, todo es admisible.
Los paralelismos no se acaban aquí: además de la dependencia de la asistencia política, militar y tecnológica occidental o los flujos de capital de asistencia exterior de ambos estados, la clave funciona también a la interna, con la fusión cívico-militar y la movilización permanente. Si Israel basa su defensa en el servicio militar obligatorio universal y un sistema de reservistas de rápida movilización, Ucrania, que reintrodujo el servicio militar obligatorio tras 2014, ha transitado hacia una movilización a gran escala bajo la ley marcial. Los vídeos sobre la “conscripción” forzada —jóvenes empujados a furgones militares a golpes para ser llevados al frente— se han combinado con agresivas medidas de propaganda para promover el alistamiento, llegando a hacer vídeos de tik toks para jóvenes de 18 años donde se les prometían ventajas salariales, fiscales o éxito sexual y social si ingresaban al ejército. Un dato nada desdeñable que no pasa desapercibido a quien escribe estas líneas es la similitud, por ejemplo, en el uso de las campañas de las mujeres de las IDF israelíes y las del ejército ucraniano, utilizadas como argumento moral —y visual— para construir empatía en torno a sus fuerzas armadas. Estrategias que parecen salir de los mismos centros de pensamiento, inteligencia, y comunicación.
Además de la dependencia de la asistencia política, militar y tecnológica occidental o los flujos de capital de asistencia exterior de ambos estados, la clave funciona también a la interna, con la fusión cívico-militar y la movilización permanente.
Obviamente, hay diferencias en torno al papel geopolítico que juegan ambos países en sus regiones: en primer lugar, evidentemente están las capacidades nucleares, a las que Ucrania renunció en 1994, mientras que Israel fabrica armas atómicas desde finales de los sesenta y se niega a ser inspeccionado o monitoreado por ninguna autoridad internacional. Pero hasta en eso, el escenario del rearme europeo puede convertir lo inimaginable en posible en pocos años. El debate sobre “renuclearizarse” vuelve a emerger en Europa, y Polonia está considerando activamente el desarrollo de su propio arsenal o el despliegue de armas nucleares de la OTAN en su territorio, impulsado “por el aumento de las amenazas de Rusia”, según afirmaba este mismo febrero el presidente polaco. En el caso ucraniano, pese a los desmentidos oficiales, tanto Zelensky como informes de su ministerio de defensa han coqueteado públicamente con la idea, aunque sin llevarla a ningún puerto concreto.También difieren en objetivos, pues mientras Ucrania busca la integración plena en el paraguas UE-OTAN y salir indemne (o con el menor territorio perdido posible) de esta guerra, Israel es un ente colonial en expansión que libra su guerra contra estados, como Irán, pero también contra los actores armados no estatales que componen el Eje de la Resistencia. No obstante, muchos en Kiev toman nota de la retórica y las prácticas “contraterroristas” israelíes que han servido para construir su imagen agresiva y de todopoderoso rival militar, combinadas con su invocación al “derecho a defenderse”, como razón de estado.
Ayudar, ¿para qué?
Pese a los esfuerzos denodados por mantener intacta la imagen de Zelensky por parte de sus aliados europeos —no así Donald Trump, que le ha sometido a humillación como al resto de europeos— el esfuerzo de guerra ucraniano ha desgastado ya su imagen dentro y fuera del país. La narrativa monolítica de 2022 que conminaba a apoyar sin fisuras a un estado invadido y víctima de una poderosa “autocracia” ha ido quebrándose con los hechos. En 2024 se hizo público que fue Reino Unido quién dinamitó las conversaciones de paz celebradas en Estambul un mes después del inicio de la invasión. El papel de la Unión Europea en el genocidio en Gaza o la tolerancia sumisa a la política exterior trumpista también han sembrado lógicas sospechas sobre por qué todo lo que se pudo hacer para ayudar a Kiev -sanciones, acogida internacional, armamento y financiación a espuertas- no se hizo para con Palestina o al menos, para disuadir a Israel. Incluso la propia narrativa liberal europea sobre lo que se considera “autocracia” y lo que no lo es se ha erosionado al contemplar como Zelensky se aferra al poder en su país -gobierna desde 2019- mientras ilegaliza partidos, persigue desertores y opositores políticos y recluta forzosamente a sus ciudadanos.
Obviamente, el gobierno ucraniano no es su ciudadanía, sometida a una guerra civil desde 2014 y a una invasión en 2022. Pero esa solidaridad, si quiere materializarse en un bienestar presente y futuro del país, tiene muy poco que ver con enviar millones de euros del erario público europeo para llenar las arcas de las empresas de armamento estadounidenses o sanear las cuentas de las startups ucranianas, lideradas por oscuros personajes, ese tipo de gente que es capaz de prosperar y florecer en medio de una guerra. Es lícito, pues, preguntarse a quién beneficia y a quién se defiende con este rearme “hasta el último ucraniano” —como nos repitieron cansinamente Borrel, Biden, Kallas, Macron, Merz, Robles o Sánchez—, y por qué la Unión Europea sabotea una y otra vez una paz negociada con Rusia. Pedro Sánchez y los spin doctors que articulan su política internacional suelen hacer un juego argumental tramposo, muy tramposo: la equiparación de los pueblos ucranianos y palestinos, o mejor dicho, arrastrar a las víctimas palestinas hacia los discursos en favor del apoyo al gobierno de Ucrania como si fueran parte de la misma solidaridad política. Pero los hechos son claros: el apoyo militar, político y diplomático de Europa se ha volcado en los gobiernos de Tel Aviv y Kiev, mientras que al pueblo palestino se le ha abandonado a su suerte y criminalizado su resistencia, negádole ese derecho a la defensa que sí se ha invocado para Israel y Ucrania.
Y no, Rusia no es Palestina, pero tampoco es Israel. El juego de poder del Kremlin, que negocia con Trump bajando de la mesa a Zelensky y Europa, ha generado un escenario tan perverso que hoy el gas y el petróleo ruso vuelven a ser bien vistos en Washington, mientras en Europa celebramos cada paquete de sanciones a Putin y se nos prepara para una “guerra inevitable” contra Moscú, algo que Rusia ha negado categóricamente, pero eso poco importa en el relato. Ahora también sabemos cosas que en 2022 no sabíamos, cómo que la “mediación” de Francia y Alemania en las conversaciones de Minsk para poner fin a la guerra de Donbass 2015, fueron una mascarada para “ganar tiempo y preparar a Ucrania” para la guerra, como admitieron la ex canciller alemana Angela Merkel y el ex presidente francés François Hollande y como corroboró el ex presidente ucraniano golpista, Petró Poroshenko. Los dos últimos años anteriores a la invasión rusa, las señales emitidas contra Rusia fueron claras y estaban en los papeles. La guerra en Ucrania estaba en el guión, se hiciera lo que se hiciera, como parece que está escrito que ahora escale a toda Europa.
El juego de poder del Kremlin, que negocia con Trump bajando de la mesa a Zelensky y Europa, ha generado un escenario tan perverso que hoy el gas y el petróleo ruso vuelven a ser bien vistos en Washington
Se puede seguir mintiendo a los ucranianos y a los europeos afirmando que más armas, más dinero, más letalidad, quebrarán a Rusia y entonces, una Ucrania libre y próspera se integrará en una Europa que habrá neutralizado a su principal enemigo y a uno de los malos malísimos del eje del mal. Y después, ya veremos. O se puede bajar del guindo y asumir, como afirma Poch, que Ucrania, Irán, Palestina o Venezuela son escenarios de una misma y única guerra, la de la hegemonía euroatlántica contra el sur global y la emergencia china, contra el bloque del capital occidental que se resiste a perder un ápice de poder. Si se asume esto último —que los hechos vienen confirmando hasta hoy— entonces, habría que asumir que cualquier oposición a la guerra y el rearme pasa por replantearse el apoyo al proyecto de Zelensky para un país en eterna guerra, convertida en ese “puercoespín” fundamentalista, armado y desregulado, que se ha convertido en una amenaza para sí mismo y para Europa, mucho más cercana que Moscú.





